29/05/06

Desahogándome II


Casi sin proponérmelo he empezado esta serie pedagógica gracias a esos ánimos que me da mi amigo, Xienra y siento cómo se me remueven las tripas cada vez que despierto el tema que llevo dentro. A veces está más aletargado, otras veces más despierto y me siento más comunicativa para contar lo que siento, pero sufriendo, aunque intente sacudir como muchos mortales docentes, ese cansancio que mencionaba en mi anterior escrito.

No tengo ideas ordenadas y puesto que no es una tesis, ni tan siquiera un artículo metodológico, ni una opinión informada, dejo que las ideas fluyan, y me salgan los demonios que conviven, en este momento, conmigo.
La vida es versátil, hay cosas buenas y malas. A veces lo que es bueno para unos, es malo para otros. Lo que le gusta a uno, no le gusta al otro. Así es, los humanos somos versátiles también, vivimos, sentimos y aprendemos de formas distintas. Me pregunto entonces por qué la escuela, o casi todas las escuelas se empecinan en mantener unas formas donde las enseñanzas se organizan igual para todos. Con esos libros de texto que redundan en la monotonía, que convierten a los alumnos en seres acríticos, desprovistos de ideas, sin criterios propios. Por qué no se forma a los maestros para que desenseñen lo aprendido, para que sean críticos con lo que recibieron y cuestionen todo resquicio que priva a los alumnos de tener una mente, una mente propia, una mente con criterio. Por qué nos asusta que los alumnos piensen, nos cuestionen lo que hacemos, lo que les rodea, por qué tanta inseguridad ante el desconocimiento cuando en realidad lo que buscamos es que nuestros alumnos nos sobrepasen, mejoren todavía más el mundo y puedan encontrar lo que nosotros todavía no hemos aprendido, ni hemos sabido encontrar…
No es fácil, lo sé, aun así pido siempre a mis maestros-alumnos que sean capaces de pensar, de plantear abanicos de posibilidades, dando a los alumnos herramientas para tomar decisiones informadas, con criterio, con conocimiento de causa. De ahí la necesidad de tener profesores que no crean nada y se lo crean todo, que duden y a la vez intenten clarificar día a día sus ideas para intentar dar respuestas para nada concluyentes y cerradas  en el día a día de las aulas.
Si las escuelas están abiertas, si las escuelas interactúan con lo que les rodea, escuchando a su gente, a los que hacen pan con vocación, libros con criterio, arreglan coches con esmero, hacen comidas con cariño, teatro con pasión y hacen pasteles con profesionalidad quizá algún día logremos que nuestros alumnos encuentren el camino, no el que les marcan los padres, los maestros, los vecinos, los parientes o el destino, sino el suyo propio, el que serán capaces de tomar después de haberles enseñado a observar con meticulosidad y a decidir por ellos mismos.
Llevo tiempo, demasiado quizá, ahondando en estos pensamientos. Hay cursos en los que soy capaz de transmitirlos con más pasión que otros. Siempre intento buscar formas distintas para trasladar el mensaje. Actividades y contenidos innovadores que cuestionen lo que hacemos sin debilidades, sin miedos a perder esos poderes terrenales que tenemos en esta tierra y cuando me ahogo, simplemente me encierro en mis sueños y sonrío ida, ante propuestas conservadoras, ante miradas inertes, vacías o miradas mezquinas de aquellos que por miedo a perder esas mini parcelas se aferran a los deseos del dinero y del poder, fieles súbditos de los deseos de la sociedad de consumo, la que de momento, si no nos revelamos en contra, nos hundiremos de mierda con ella.  
Todavía tengo cosas en el buche y la verdad es que me sienta bien vaciarlo. No sé si continuaré o perderé la mirada y será cuando mis hijas me digan: “Mamá ya estás en “TUlandia”” y es que ellas saben, porque las hice muy libres aunque muy mías sin querer, cuando me enredo en mis sueños…