12/10/06
Instantánea #7. El pasillo de Penn Station
Cada mañana cuando llegaba a mi parada en pleno corazón de Manhattan tenía mil sensaciones distintas; algunas se repetían, otras eran bien distintas cada día.
Recuerdo mi desconcierto al bajar en Penn Station la primera vez que tomé el metro hacia el trabajo desde mi casa al norte de Manhattan. Nunca había visto tanta gente junta, caminando en ambas direcciones, deprisa, con el ceño fruncido, con cara de angustia, con cara de póquer, de incógnita, de pardillo, sin calma ninguna… Poca gente sonreía lo cual me hacía imaginar que yo era la única que lo hacía ante todo lo que me sorprendía. Aquel primer día, temprano por la mañana, en aquel pasillo tan largo imaginé la música de Phillip Glass que había acompañado la película-documental “Koyaniskatsy”, un documento insólito e impactante que guardo todavía en mi memoria. Fue una sensación fortísima, creí estar cargando adrenalina para la jornada. Ese pasillo inmenso hasta salir en la 34 entre la 8ª y la 7ª es uno de los espacios más sugerentes de mi estancia en Nueva York. Y lo es, porque ahí establecí ritos, mirando, comparando, parándome, hablando, oliendo, escuchando, observando… Los sentidos siempre estaban despiertos a cualquier hora del día en ese pasillo inmenso. La mañana era una experiencia, las horas punta por la tarde otra bien distinta pero ambas peculiares, especiales, únicas… donde podías encontrar lo más insólito, lo más extraño, distinto a todo.
Por la mañana la gente tenía prisa, yo misma me sumergía en ese ritmo frenético, desesperado, inquieto. Después de un par de días de desespero recuerdo que decidí llegar a la oficina algo más tarde de las 9 para tener mas aire en el metro y no viajar como en una lata de sardinas. Cuando llegó mi jefe al cabo de tres meses de llevar la oficina a mi aire, me dijo. Tienes que llegar a las nueve y yo le contesté. “Ni lo sueñes!” Salgo cuando acabo el trabajo y muchos días es más tarde de lo que debo pero no me pidas que venga a las 9 porque no lo voy a hacer”. Ante tal respuesta contundente, mi queridísimo jefe, repitió su petición y yo, como una gota malaya, siempre le contesté lo mismo hasta que al final, cedió! Él sabía que me sacaba el trabajo de encima aunque estableciera mi hora de llegada a las 9:30am. Salía cuando acababa y siempre cerraba la oficina sola, porque todo el mundo se iba a casa antes que yo. Pero no me importaba. Hubo días de todo. Recuerdo un día que acabé tardísimo ultimando detalles para un congreso. Atar los cabos finales es lo más delicado. Tenía tanto miedo de dejar alguno suelto. Salí de la oficina después de las 9pm, (de la noche) . Es la única vez que pasé miedo en las calles del centro de Nueva York a causa de un personaje excéntrico, totalmente ebrio que se me echó encima mientras andaba por la 34, y yo sin ningún comentario, me enderecé y seguí mi camino, discreta, erguida, temblando por dentro, hasta llegar a mi querido y conocido pasillo.
Cuando era tan tarde, la estación, ya estaba calmada. Quedaban abiertos los de “Hot and Crusty” la deliciosa tienda de pan donde compraba mis panes todos los días y a esas horas ya me daban dos por uno! Esa tienda tenía un olor entrañable de hogaza, de pino, de hierbas, de olivo y el negro que me lo vendía era un lujo para vista y para el oído; tan simpático el chico! Cuando me veía, sonreía. “Today’s really late Ma’am!” y entablábamos una pequeña conversación desenfadada, tranquila a esas horas de la noche, casi la media noche comparándola con nuestras galaxias… El negro, de mirada dulce y tierna, estudiaba por las mañanas, por la tarde vendía pan y cuando llegaba a casa me encontraba “muffins” (magadalenas) o croissants que había colocado en mi bolsa, sin darme yo cuenta a cambio de mis palabras y mi sonrisa desinteresada.
Cuando me iba un poco antes, que era casi todos los días, todavía encontraba almas artísticas en pleno movimiento: el hombre del violín de metacrilato con su mágico violín. No era tanto el sonido como el espectáculo y el artífice del mismo, un señor pequeño, magro, fibroso de tipo nervioso e inquieto, vestido de negro. Se movía con su violín que parecía que los dos estaban en perfecta armonía. La cantante de jazz afro-americana; la mujer maravilla como yo la llamaba, estilo Lorenna Mackennit, los raperos, el break dance, el imitador de Michael Jackson, el bailador de tango con su muñeca, el negro del saxo, los tambores, el grupo peruano con sus flautas de pan… Cada día variaba el programa de música en el metro y a veces los encontraba en otras estaciones pero todos me resultaban entrañables, llenos de vida. Son extraños los vínculos que creas en medio de tanto movimiento, extraños los lazos que estableces y fuertes e indestructibles los recuerdos que atesoras. Ahora mismo, todo me parece tan tranquilo… quizá demasiado.
No consigo colocar un video de YouTube. Ahí os dejo el enlace donde podréis ver el pasillo y la "movida":http://www.youtube.com/watch?v=ZMQDz144AAE
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