14/09/06
Labrando el alma
Con esa voluntad ando a través de ese parque que voy haciendo mío cada mañana y cada tarde mientras descubro un nuevo árbol, una nueva esquina, un rincón con plantas, una rosa caída, una piedra gris redonda, pulida con betas blancas en medio del camino fangoso y encharcado, hoy, por la lluvia.
El estanque me maravilla, los patos verde-azules, las ocas blancas y esa glorieta en esa esquina empinada en esa pequeña loma, encima del agua, propia de Romeo esperando a Julieta. Cuántos sueños puedo mimar mientras ando, cuando anhelos puedo cumplir mientras pienso!
Cuántos perfumes me inundan mientras camino despacio hacia el trabajo, de regreso; la tierra mojada, las rosas y los pinos, el galán de noche y hasta los patitos.
Labro despacio, mirando, saboreando, impregnándome y sintiendo. Cada día tengo una sensación nueva. No quiero que el trabajo me agobie, de momento lo estoy consiguiendo...
Labrando el alma… despacio.
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11/09/06
Instantánea #5: September 11th
Al abrir la puerta, me encontré con mi amiga que acababa de llegar de Los Ángeles. “Por qué no has tomado el metro?” le dije después de un beso “Desde el aeropuerto te trae hasta la esquinita de casa y además esta parada tiene ascensor” “Quería probar el Shuttle” me contestó. “Ya sabes que dentro de tres días me voy a Alemania y para irme tomaré un “shuttle” desde aquí.” Y volviendo a entrar en el apartamento le dije, “Pues mira, llegaré más tarde todavía, entra que prepararé un café.” Nos sentamos a tomar ese café que quizá me salvó la vida aquella fatídica mañana del 11 de septiembre en Nueva York. Hicimos planes, para la noche. Acababa de ser su cumpleaños y yo le había prometido una de mis magníficas “fideuàs”. Di instrucciones, a ella y a mi amigo, para la compra de ingredientes en el barrio (las gambas, los calamares y las vieiras) y me fui.
Tomé el metro de la línea A, a las 8:40 aproximadamente para dirigirme al World Trade Center donde se ubicaba esta tienda que tenía todos esos abalorios, suplementos y ropa de los famosos (Calvin Klein, Kenneth Cole, Ralph Lauren, Donna Karan NY…) que volvían locos a mi gente. En el metro todo parecía normal pero de golpe nos pararon y sin dar explicaciones nos pidieron que abandonáramos el tren y el recinto inmediatamente. La gente se preguntaba qué pasaba. Y alguien con unos auriculares nos dijo que acaba de chocar un avión contra una de las torres Gemelas.
Lo que pasó y que muchos visteis creyendo que era una película de ciencia ficción, no lo voy a contar. La versión oficial la habréis visto y oído cientos de veces pero mi historia, como la de otros millones de historias vividas en directo, de lo que nosotros vivíamos, parte de una película, o de un sueño, todavía no lo sé, es lo que quisiera transmitir. Esa conciencia extraña del momento, esa unicidad única, intransferible que cada uno de los que vivíamos en Nueva York sentimos el mismo día de los hechos y los días que les siguieron fueron para mí los más significativos y más duros, pero a la vez intensos de mi estancia en la ciudad.
Soy consciente de que soy algo lenta de reflejos y para entender lo que vivo tengo que digerirlo, mascarlo, magullarlo, como he dicho otras veces y en situaciones así, no hay tiempo para digestiones, hay que actuar! Al salir a la calle del metro cerca de las Torres me encontré con la gente que subía en dirección opuesta donde yo quería ir, como un río, como una avalancha e inconscientemente, me giré y seguí la corriente hacia el norte, desistí de mis compras, lógicamente, aunque todavía me paré en la tienda de los lápices, plumas y bolígrafos para comprar ese bolígrafo rojo, precioso para mi amiga. Allí fue mi primer contacto humano hablado después de la tragedia y la dependienta muy nerviosa y preocupada me dijo que iba a cerrar, que la “cosa” se estaba poniendo muy fea.
Me fui a la oficina, cruzándome con gente por todas partes. Al llegar a la oficina en la Quinta Avenida me encontré con Tom, de mantenimiento de mi edificio, en la puerta de la entrada. Un chino encantador con quien siempre intercambiaba algunas palabras amables y divertidas cada mañana. Me cogió del brazo y me dijo “Look! Can you believe this?” Desde allí veíamos las torres humeantes y con nuestros mismos ojos vimos cómo se derrumbaba la primera torre. Mostré intención de entrar en la oficina y el me dijo que todos se habían marchado. Insistí porque había prometido mandar un artículo para una revista y él se me quedó mirando sorprendido y me dijo: “I’m going home. If you stay, it’s under your own responsibility!” Sé que soy muy cabezota y naturalmente bajo mi responsabilidad subí a la oficina. No podía comunicarme con mi “jefe”, como cariñosamente le llamaba, no estaban ni él ni la secretaria y el teléfono daba señal de comunicar constantemente. Tampoco podía comunicarme con los profesores que teníamos esparcidos por la ciudad. La escuelas se vaciaron ante las órdenes del alcalde. Las pocas líneas que funcionaban, estaban saturadas y allí desde mi despacho, con las dos torres caídas veía esa gran humareda encima de donde habían estado como dos grandes champiñones negros al final de la avenida.
Allí, sentada, mirando por la ventana que daba al sur, recuerdo cómo me entró esa impotencia, ese no saber que hacer, sin ser capaz de elaborar una de mis listas para ordenar las ideas pero empecé, en la última planta, sola en todo el edificio, a actuar. Todavía no me creo mi sangre fría. Internet no se había caído en esa zona, mandé el artículo y empecé a recibir correos desesperados de mi gente en casa. Mandé un correo colectivo diciendo que estaba bien aunque no sabía exactamente qué estaba ocurriendo. En un momento entró una llamada de teléfono, de mis primos, preocupadísimos y yo fría, con una calma increíble les dije que no pasaba nada, que todo volvería pronto a la normalidad. Mi calma era hacia fuera, y hasta yo misma me sorprendía; por dentro sentía una angustia tremenda y sin poder contactar a nadie de mis conocidos y amigos en la ciudad decidí emprender camino de vuelta hacía el norte. Subí a un autobús que estaba abarrotado. La gente histérica intentaba comunicar con sus familiares desde los móviles, organizaban encuentros, daban órdenes. El autobús no avanzaba. A cada cruce nos tenían parados en medio de histerias y silencios. Al cabo de un tiempo el conductor dijo que allí se quedaba. No habíamos llegado ni a la calle 50 y me dispuse a andar hasta la 207 y Broadway, en Inwood, en la puntita de Manhattan. Tardé tres horas en llegar a casa. Por el camino, nos íbamos juntando gente diversa y nos contábamos nuestra historia, única, histórica de aquel día que juntas hacían esos millones de historias que todavía, después de esos años, me tienen despierta y atenta.
Al llegar a casa y abrir la puerta mi amigo, se me echó encima abrazándome muy fuerte y sin soltarme durante un buen rato se puso a llorar como un niño. No sé si soy capaz de contaros la emoción del momento. Era todo tan excepcional, estaba tan perpleja, tan extrañamente cansada, aturdida que en aquel momento no me di cuenta de lo que ahora mismo siento al recordarlo. Esas historias cotidianas que no estaban detrás de ninguna maquinación, de ninguna trama, esos seres viviendo y transformando sus vidas al antojo de lo que ocurría es lo que más me revela. Y no sé si lo explico bien pero todavía me pregunto por qué tengo mis dudas de lo que me cuentan y quieren que crea. Todavía de vez en cuando intento entender lo que nadie me ha explicado con verdadera convicción y conocimiento, con esas pruebas contundentes. Desesperada, de vez en cuando busco en Red, miro y remiro Fahrenheit 9/11 , recuerdo las conversaciones que teníamos en casa de nuestros amigos los días que siguieron al 11 de septiembre. Nuestras relaciones, nuestros encuentros, nuestra amistad, nuestras confesiones, fueron, desde aquel día distintas. Más sinceras, mas honestas, más abiertas, más sangrantes, más contradictorias, más profundas pero a todos nosotros (españoles, americanos, palestinos, chinos, latinoamericanos, judíos, blancos y negros de buena fe…) nos movía la necesidad de entender, sin patriotismos falsos, sin exageraciones, sin comedias, lo que estaba pasando y aún hoy mis preguntas de aquel día están sin contestar.
Quizá algún día…
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07/09/06
Las cajas
Casi no me lo creo. Ya han pasado esos años y todavía tengo pánico de esas cajas que empaqueté después de mi separación. Como si los recuerdos pudieran aparcarse, pudieran olvidarse, pudieran zanjarse, así en un “plis plas”.
Lo cierto es que no recuerdo para nada lo que hay dentro. Las miro y pienso “por qué no las quemo y me olvido, total, no me acuerdo”. Luego me calmo, me tranquilizo, saco mi lado práctico y me digo “ya es hora, anda, chiquilla que ahora mismo, tú puedes! Y enfréntate de una vez por todas a tus fantasmas de esos tiempos!”
Pero, por cuál empiezo, cuál es la más sugerente, la que más interés despierta. Las hay de jabón “Elena”, alguna de vino del Penedés, por supuesto, otra de productos de perfumería. Qué opacas me parecen todas ellas. Ah! y una de huevos. “Manda huevos!” grito en solitario.
Pero qué hago, las quemo, o las abro?
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