30/09/06

Intantánea #6. "The Strand"

“The Strand” está, en el 828 de Broadway, muy cerquita de Union Square. Un comentario sobre el lugar que encuentro en la red, dice: “Is it perfect? No - it's dusty, hot, etc. But it's the best of its kind.”

Pues eso; hace calor, huele a polvo, a rancio, a viejo, la nariz te pica cuando entras y hasta puedes escuchar de vez en cuando estornudos alérgicos por el polvo que notas que va flotando en el aire. Pero algo te arrebata en ese sitio de libros de segunda mano, según dicen el mejor de esta categoría.   

La visita a “The Strand”, “las ocho millas de libros”, como reza su subtítulo se convirtió en un ritual semanal. Necesitara o no libros me daba un paseo casi todos los martes después del trabajo. Pasar por las secciones de literatura, arte y educación eran un “must”, poquito a poco fui ampliando las visitas a otras secciones: estudios culturales, arquitectura, multicultura, sociología, cine, feminismo, teatro, historia medieval, guías de viaje, geografía, cocina, la sección local…

Según la necesidad apremiante del momento reseguía uno u otro pasillo o módulo. Era imposible mirarlo todo pero cada estantería era como un imán, te atraía y no podía marcharme hasta repasar los títulos que resaltaban más. En verano el calor era asfixiante pero recuerdo cuando entraba con el abrigo de invierno, durante  esos inviernos duros y rigurosos de Nueva York… El calor se hacía insoportable; me sacaba el abrigo que colgaba de mi brazo junto al cestito donde iba colocando todo libro que llamaba mi atención. Cuando terminaba mi itinerario hacía una selección final.

No sólo había libros usados, también se encontraban libros nuevos, recién publicados que habían mandado a los comentaristas y que se vendían a mitad de precio. Cuando descubrí esta mina en el sótano de la tienda  creí que ya no iba a salir jamás…

Pero salía. Algunas veces sin libro ninguno pero no decepcionada por eso y a la semana entraba otra vez.

Tengo libros atesorados, tan queridos de estas tardes. Algunos pocos que todavía no he leído y que compré por que me había enganchado al autor o autora o por el resumen en la contraportada pero les llegará su día. Recuerdo con qué reverencia me compraba todos los libros de Edward W. Said que encontraba. Cuando cayeron en mis manos sus memorias - Out of Place, A Memoir - entendí el propósito de su autobiografía y lloré de rabia e impotencia ante un cáncer que nos privaría en poco tiempo de su magnífico y profundo pensamiento. En el mismo orden estaban los libros de Noam Chomsky que ya conocía algunos de antemano pero me gustaba encontrar cosas nuevas o que no conocía. Para mí, estos dos autores son los que representan a la intelectualidad del país en contrapunto a muchas de las ideas establecidas en la gran masa. 

Los libros de arte también eran mi pasión. Recuerdo la emoción cuando encontré en una caja, todavía por colocar el libro American Visions. The Epic History of Art in America de Robert Hughes, un libro que había buscado incluso en librerías de nuevo y nunca lo había encontrado.

Cuando vives en una ciudad como Nueva York te aficionas a la arquitectura, casi sin proponértelo y buscas documentación para cada edificio, cada rascacielos que te llama la atención. La construcción, el arquitecto, la historia detrás de cada ladrillo, bloque de mármol o de cristal. Así me aficioné a Frank Lloyd Wright y su arquitectura entre otras y hasta llegué a escaparme a ver en vivo el maravilloso diseño de la Casa de “Fallingwater” (cascada) en Pensylvania. En Nueva York el edificio más conocido es el del Museo Guggenheim. Otros ejemplos exquisitos se encuentran en Chicago.

Revolviendo libros, descubrí a nuevos autores como Tracy Chevallier, The Girl of the Pearl, Arthur Gordon, Memoirs of a Geisha y Jeffrey Eugenides entre otros. Por mi trabajo me interesaban además los autores latinoamericanos y descubrí una colección de adorables hispanas afincadas en el decadente imperio: la deliciosa novela When the García Girls Lost Their Accents de Julia Álvarez, The House on Mango Street de Sandra Cisneros, Soñar en Cubano de Cristina García y Cuando era Puertorriqueña de Esmeralda Santiago. Tan divididas en sus pasiones, como yo misma por sentirse de otro sitio y a la vez ser incapaces de dejar, de negar el decadente imperio. Cuán cercana me afirmo en las palabras de Esmeralda “…siento el dolor de haber dejado a mi islita, mi gente, mi idioma. Y a veces este dolor se convierte en rabia, en resentimiento porque yo no seleccioné venir a los Estados Unidos. A mí me trajeron. Pero esa rabia infantil es la que alimenta mis cuentos. La que me hace enfrentar a una página vacía y llenarla de palabras que tratan de entender y explicarle a otros lo que es vivir en dos mundos, uno norteamericano y otro puertorriqueño…  …Y esa rabia es la que me ha hecho posible perdonar quien soy. Cuando niña quise ser jíbara, y cuando adolescente quise ser norteamericana. Ya mujer, soy las dos cosas, una jíbara norteamericana, y llevo mi mancha de plátano con orgullo y dignidad.”

Nunca en “The Strand” encontré un libro de Sonia Nieto, la gran maestra de la educación multicultural y la diversidad, a pesar de buscarla con esmero a cada visita. Sus libros los encontraba en una pequeña librería llamada “Shakespeare & Co”, también en Broadway, un poquito más al sur, en el 716. Allí encargaba lo que no podía encontrar en “The Strand” y con una gran eficiencia profesional me llamaban a casa cuando les llegaba el libro que solía ser en uno o dos días.

Al terminar las visitas a las librerías, nos reuníamos con algunos amigos en la Heartland Brewery, una de las mejores cervecerías de la ciudad, en pleno corazón de Union Square. Tenían buenas cervezas americanas, de todo el mundo, de toda tonalidad y sabor, más suave, más amarga, más o menos fuerte pero deliciosas todas ellas. Las íbamos probando, acompañando la agradable bebida con alguna de las comidas que no estaban nada mal. Los calamares estaban riquísimos, y las “buffalo wings” o alitas de pollo,  no tenían desperdicio. Así se iban las tardes de los martes que con el tiempo resultaron verdaderamente entrañables.

Después de la charla, del intercambio de experiencias, de las risas y algún suspiro por el inexistente jamón de Jabugo o Guijuelo y el chorizo,  nos íbamos a casa. A mi me daba el tiempo para leer un buen rato y después me acostaba, cansada, tranquila con ese olor a rancio, a viejo metido todavía en mis narices…

22/09/06

Paréntesis (Contrapunto)

Creo haber manifestado en otro momento la diferencia que existe entre Nueva York y cualquier otro lugar de Estados Unidos. También es cierto que hay dos Américas al margen de Nueva York, tan manifiestamente opuestas y tienen, cada una de ellas, encantos y horrores contrapuestos. Lo hablaba anoche con ese amigo Tejano, la antítesis, en cuanto a creencias, de todo lo que más he amado viviendo en este país y sin embargo, lo pasé bien. Fue un ejercicio interesante (con buena comida y buen vino, por supuesto!) participar en una conversación inteligente,  civilizada, equilibrada incluso con ideas muy opuestas pero escuchadas y contestadas con respeto y sin querer imponer el criterio del otro pero intentando argumentar con inteligencia cada una de las ideas. (Pensaba, por qué no hará eso “la oposición”?) Él defendía una belleza que yo llamaba antiestética, de plástico, sintética a lo “Barbie”, con pinturas, maquillajes, lacas de uñas, lápiz de ojos… (que no es que me niegue a usar!) Abogaba por la belleza de la estética del bisturí, de las dietas drásticas y yo le recordaba (no sé si lo conocía) el primer párrafo de L’amant de Marguerite Duras. “…j’aimais moins votre visage de jeune femme que celui que vous avez maintenant, dévasté.” Cada vez que me sale una arruguita nueva, lo releo y me quedo tan ancha con esos rasgos de carácter que ostento. Lo que no quiero es tener cara de perro y eso sí lo tengo que cuidar. Cada día cuando me levanto me miro al espejo y me digo. “Si te encontrases a ti misma en la calle cómo te gustarías?”  Y así me coloco: los ojos brillantes, mostrando contento e interés por aquello que me inquieta, que me despierta. El rostro, sonriente, afable algo perverso para darle juego a esa vida y  estar siempre atenta a lo que pueda ser, y finalmente erguida, derecha, bien puesta, digna, nada de ñoñeces ni recriminaciones; fuerte ante toda incongruencia y ante todo clarividencia, que no me falte, aunque pueda doler! 

Hablamos de otras muchas cosas que hoy no las voy a plasmar, sólo decir que cuesta entender a esa gente, sus valores, sus defensas si no se ha vivido allí y aún así léase El planeta americano de Vicente Verdú quien contribuye a esa visón europea del decadente imperio pero no escucha, no sabe a mi juicio leer todas las versiones a pesar de haber vivido allí. Yo, no quiero ser así. Nunca entendí el blanco contrapuesto al negro sino esa infinita gama de grises, de mil colores distintos que me proporcionan vida y dolor a la vez.

 

18/09/06

…y Bravo V

Cada vez que Bravo entraba en casa con la excusa de consultar algo conmigo escuchaba  mi música. Según mi estado de ánimo ponía clásica, pop, blues, rock, jazz , new age…  Aquellos días, con su presencia me había enganchado a “Let’s Dance” de David Bowie, uno de mis favoritos durante mucho tiempo. Esa melodía  no me deja quieta ni un instante. Al ritmo de sus primeros compases me levanto, muevo progresivamente la cabeza, mis hombros, mi pecho, mis caderas, mis brazos, mis manos, mis dedos, mis piernas y mis pies. Todo mi cuerpo tiembla mientras, con los ojos cerrados, me dejo ir al compás. Este día Bravo entra y se queda quieto, de reojo le veo embobado, y con su sonrisa socarrona, medio maliciosa me dice con esa voz ronca que tiene: “Chiquilla, de dónde has sacado el ritmo?” y moviendo la cabeza añade, “Eres una sorpresa constante!” Intento animarle, le tiendo una mano para que también baile, le estiro mientras se resiste, se sienta y me dice… “Continúa, deja que te mire…”

Experimentar el placer de la contemplación, el sentirme deseada, con esa mirada quieta casi perversa y a la vez austera, con esos ojos verdes que se encienden como el fuego… tranquilo aparentemente, hasta que de golpe se levanta, detiene mi danza con sus fuertes brazos y antes de que la canción acabe, me desnuda lentamente, se desnuda, me levanta como si fuera una pluma, me abraza y con mis piernas en el aire, en un esfuerzo, las repliego y como una hiedra las enredo a sus caderas. Me afirmo a su vientre y le siento dentro, allí mismo, él de pié, yo en suspenso nos fundimos de nuevo en un gemido eterno.  

Cuantos momentos durante su estancia me devuelven el sentimiento de estar viva de estar sintiendo, percibiendo  los colores, sintiendo las esencias de los cuerpos, escuchando los fuertes latidos, la respiración suspendida, entrecortada tensa y finalmente relajada de simplemente estar, estar dentro. Ese, como otros instantes de mil fragmentos distintos, de mil momentos que ahora mismo soy incapaz de plasmar porque ya di a la historia su eternidad... Momentos, fragmentos, en Barcelona, entre manifestación y manifestación de una supuesta democracia establecida, contra la guerra, por la paz, contra injusticias concretas… en las montañas de mi querido Garraf, en tierra, en el mar, en su coche, en el mío,  en un hotel cerca del mar… por unas horas, por siempre jamás!

Creo que este instante que acabo de describir fue uno de los últimos, si no el último de esos momentos hasta que un día me di cuenta de que las obras habían terminado. No sufrí una despedida dramática, nefasta, angustiosa, traumática. De echo había conseguido lo que él se había propuesto, “levantarme el techo y la moral” yo estaba renaciendo, empezaba a ser otra mujer. Mi cuerpo y mi mente se estaban recuperando y desde esos días nunca más he podido pensar en las relaciones de pareja tal y como las concebía antes de mi fracaso matrimonial.

Al sentimiento de desprecio, de incredulidad, de impotencia, de sentirme miserable, triste, pequeña, invisible se sucedieron poco a poco y después de haber conocido a Bravo, días de merecida autoestima, de belleza interna y externa, de seguridad, de creciente fortaleza y voluntad. Supongo que, ante los ojos de hombres y mujeres no próximos siempre aparenté ser fuerte. Demasiado fuerte para los hombres que quieren que las mujeres sean el reposo del guerrero. Qué le voy a hacer! consciente que soy guerrera del reposo y con esto no todo el mundo está dispuesto a lidiar.

Detrás de mi caparazón, soy humana… nada más…