05/11/06
Ritos de invierno
Cada mañana subiendo a la terraza más altiva de la casa, veo el mar de tonos fríos que me habla otro lenguaje que el de mi estío. Me consuelo con esas nubes que decoran un cielo sorprendente y dejan entrever un sol allí, a lo lejos, perezoso, apático, indolente como yo misma siento cuando poco a poco pero inexorablemente se acerca el frío del invierno.
Me consuelo con el sabor y el color monocromático de los cítricos en la frutera de mi mesa y vuelvo a Cezanne, al recuerdo de sus bodegones, tan vivos a pesar de estar tan quietos. Y eso siento que la vida se aquieta por momentos y se vuelve contemplativa, tranquila expectante cuando llega el frío del invierno.
Poco a poco vestiré la casa de época y cubriré mis azules azulejos de rojos, de carmines, de escarlatas y magentas y apreciaré en mis pies descalzos ese tacto, cálido a pesar del frío invierno.
Y encenderé el fuego y ensimismada me quedaré mirando las llamas de los troncos encendidos detrás del cristal de la estufa y pasaré horas buscándote como ahora mismo que te encuentro… sólo en mi pensamiento.
Todavía débil, rebelde a este frío que me acosa y al invierno que recibo con disgusto, me consuelo repasando mis ritos, mis resoluciones y mis propósitos para este invierno.
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22/10/06
Fragmentos: Vivir la vida…
Ayer tuvimos cena de mujeres, variopintas diversas, de muy distintas edades, estupendas todas ellas, inquietas ante la vida pero me daba cuenta que cada una manifestaba sus cuitas, sus penas, sus angustias de forma distinta. Yo pensaba, qué será en verdad lo que nos pincha? Porque algunas de sus quejas no eran exactamente aquellas que se formulaban; en realidad, iban más lejos.
Curiosamente estaba tranquila, observante, pensando en lo que decían y en algún momento que la queja era una órbita, un círculo, sutilmente cambiaba el ritmo, el tono de la conversación y el tema para reconducir el mal rollo que algunas llevaban dentro.
Por qué será que los rollos domésticos nos abruman tanto, por qué sentimos la carga de esos momentos que nos ofuscan y cuando podemos vivir momentos, sencillos pero intensos, nos los perdemos, por no estar atentas.Les conté, con esa pasión que me caracteriza, aunque últimamente la madurez hace que la controle mejor, mi sorprendente descubrimiento. El jueves por la noche llegué a casa, como todos los jueves y martes, cansada de mis clases. (El resto de días acabo un poco antes!) Preparé esa cena austera pero equilibrada y completa. Cuando me senté, después de colocar la mesa adecuadamente, cogí con desánimo el mando e iba “zapeando”. Digo con desánimo porque raramente encuentro, a esas horas y después del cansancio, un programa que me enganche. De golpe vi COIXET en un fondo verde brillante de la pantalla y paré de golpe. Una palabra mágica había aparecido. Qué genial que es la tía! Isabel Coixet presentaba un programa (nuevo?), “Carta Blanca”, que no tiene desperdicio, con esa mirada femenina que tan exquisitamente domina y con ese desparpajo, ese poco garbo, a veces, que tan poco la representa. Qué bien lo pasé con sus inteligentes y agradables invitados: María de Medeiros, Rodrigo Leao (a quien le dio los despidos de sus palabras para apresurar su música), Carlos Fuentes que estuvo genial y Benedetta Tagliabue que estuvo exquisita. A cada uno de sus invitados les mostraba escenas de películas que consideraba adecuadas a las vidas que interrogaba. Qué maravilla! Cómo disfruté! Con el cine, con los comentarios de los invitados y los de la Coixet!
Esa explicación “apasionada” de la experiencia fue una de las pocas veces que pude reconducir la conversación hacia otros derroteros haciendo gala de las palabras de Coixet “La vida real no le interesa a nadie”… Anoche, entendí sus palabras y las compartía perfectamente aunque me cuestionaba si la vida real, era la misma para todas mis mujeres.
11:10 Anotado en Fragmentos | Permalink | Comentarios (17) | Email esto
17/10/06
Paréntesis. Té rojo, té verde, té blanco, té negro…
Esta mañana me paré absorta a mirar el color rosado del té rojo después de la mezcla, esos fluidos delicados, esas tonalidades en la taza que van cambiando mientras, a sorbos, despacio, vas apurando el contenido…
En casa, de todos los tiempos, se tomaba café. Para mi madre era como un elixir de vida, una acto social, un motivo de tertulia, una reunión, cualquier excusa… y es que el té, para nosotros, de pequeños, no existía.
Me acuerdo cuando me proponía instaurar nuevos rituales después de esos intentos coloniales de los británicos que nos visitaban pero no nos acostumbrábamos, hasta que después de mi primera estancia en Inglaterra me di cuenta que el sabor del té en esa tierra era totalmente distinto, y allí el café era detestable.
Volví de este primer viaje con una tetera y sus tazas a juego, para mi madre. Me miró con cara de pasmo y colocó las piezas discretamente en la vitrina con los objetos de lujo, las copas y platos del domingo, de Navidad y de las fiestas de guardar. Allí se quedó la tetera con las tazas a juego mientras los juegos de café se iban sucediendo uno tras otro, rompiéndose, acumulando tazas distintas y a veces como en “Les Belles images” de Simone de Beauvoir, mi madre, como el padre de la protagonista, sacaba tazas de distintos juegos que ya no podían ser repuestos y la mesa era un cuadro multicolor y variopinto.
Pero no fueron otros viajes a Inglaterra los que cambiaron mis hábitos, sino otros intereses, otros motivos más tardíos y saludables los que desplazaron al café, esa deliciosa y estimulante bebida de la dieta cotidiana, en pos del té. Nunca fue en la casa familiar, sino en la mía donde al café, un día le sucedió despacio y progresivamente el té y ahora mismo me embeleso, me quedo absorta, lejos de los grises y verdes británicos, con esas tonalidades de todos mis tes bajo el sol mediterráneo.
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