03/07/07

Instantánea #8. El vals del Metropolitan

 
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Visitar los museos de Nueva York es una tarea interminable y una diversión siempre pendiente y posible. Muchos de los museos requerían más de una visita y esta vez allí estaba, en el Hall del Metropolitan otra vez, con ese amigo entrañable  que bien conocía e incluso compartía muchos de mis gustos.  

De repente desde esos altavoces que casi nunca escuchas lo que suena escuché un vals. Bien sabía mi amigo de mi debilidad. Me mira y sonríe y yo, discreta pero cómplice le devuelvo la sonrisa, agradeciendo la invitación tan sutil. Y así, me toma en brazos y en el enorme Hall del Metropolitan empezamos a dar vueltas a ritmo de vals, hasta que se montó un círculo de gente ardedor nuestro. Una señora mayor iba diciendo “Oh, lovely! Lovely!”, alguno nos miraba inquisitoria i reprobadamente, otros con miradas de interrogante, miradas socarronas, algunos naturalmente nos ignoraban y algunos más tímidos nos miraban por el rabillo del ojo.  No tengo conciencia de cuándo ni cómo acabó el vals, aunque sí de las imágenes de los momentos que sucedieron. El paseo por las salas de Egipto me parecieron mágicas aquella tarde. Me gusta esa concepción abierta de los museos de Nueva York donde paseas cruzando puertas y arcos tan vetustos como el templo de Dendur. Me quedé maravillada ante la estatuilla del hipopótamo azul. Me imagino que me llamó la atención por esa pátina de ese precioso color que todavía conservaba después de tantos miles de años y por la textura de la cerámica que me parecía familiar aun sin haberla visto nunca antes. Esa pequeña estatuilla fue compañera de viajes de “después de la vida” (after life) del “steward Senbi II ”. Bonita costumbre la de enterrarte con los artilugios para que te guíen el camino del más allá, con tus fetiches, esos fetiches que guardas de un traslado tras  otro como queriendo aferrarte a las historias de tu vida…

Recuerdo que soñé, soñé despierta como tantas veces hago cuando observo maravillas sean vetustas o nuevas, y en un mar de dudas regresé a casa todavía envuelta por los compases de aquel vals no tan lejano que guardo en mi memoria y que atesoro de mi estancia en Nueva York.  

 

06/06/07

Fragmento de azules intensos

 

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Me escapo a otros azules y sorprendentemente irrumpes mi paisaje con tus fragmentos.

Recorro esa costa despacio y con tiempo, con el acelerado beso de Tramontana que envuelve todo mi cuerpo. Recorro con tiento esa costa irregular, de profundos azules mediterráneos, más intensos que los míos, menos contaminados, con la flor de San Juan, de olores de recuerdos entrañables que me devuelve con su fragancia besos de primavera que todavía atesoro acariciándome dentro, con el amarillo añadido de la genista, con el verde del hinojo, del romero, con los grises de los olivos y del tomillo, con los higos chumbos sorprendentemente floridos de naranja y las permanentes azabaras, tan inmensas...

Sesgas mi pensamiento y apareces justo cuando con tanta insistencia te recuerdo! Siempre creímos en el poder de la mente y ahora mismo, Nino, lo vivo, te revivo, con cierto miedo porque sé como me debilitan tus pasiones. Apareces de nuevo, siempre con tus intermitencias, cuando con tanta fuerza te recuerdo, cuando los aires de junio me devuelven los aires de ese viaje, cuando desde la serenidad del tiempo, reviven en mí sensaciones dormidas por la desidia y el silencio y ahora mismo, me siento viva aunque no sólo con tu recuerdo. Siempre apareces, cuando me están queriendo, siempre apareces de nuevo y pueblas de dudas todos mis dominios de la mente.

Tiemblo, Nino, y recuerdo y siento cuánto peso tienes todavía en mi pensamiento.

31/05/07

Nino III. El viaje

 

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Acabó el curso y fuimos todos de viaje. Ibiza era nuestro destino. Durante toda la travesía te paseabas por la cubierta del barco con tu cámara. Recuerdo algunas de las imágenes que captaste aunque no las posea todavía en este momento. Tan perfectas, con esos encuadres tan cuidados que sólo los más observadores logran. Joe con su flauta acompañaba la estela del barco y Fernando no te abandonaba; parecía tu sombra y tú la sombra de sus palabras; siempre irónicas y un tanto surrealistas que yo no siempre lograba entender. Tú te reías como un loco con él! Parecía que bebías esa ironía como el agua, con un placer indescriptible, con esa percepción de quien calma su sed.

Sonia desde la popa del barco no dejaba de contemplar el mar, hora tras hora, minuto tras minuto observaba los minuciosos cambios de luz en el cielo y en el mar. De tantas cosas hablaríamos que no recuerdo ni una sola. No dormimos en toda la noche y por la mañana al llegar a puerto teníamos esa sensación de embriaguez y a falta de sueño, nos reíamos como locos ante cualquier nimiedad.

Cuantas locuras recuerdo tenuemente de aquellos días, los paseos por el campo, por la playa, el olor a hierbas, la música de Mike Oldfield que nos sorprendió en nuestro paseo, las salidas y puestas de sol con “Es vedrá” recortado entre los rayos brillantes e intensos. Cuántos aciertos… como el día que fuimos a Formentera y alquilamos bicicletas para recorrer la isla. Éramos tantos que algunos tuvimos que conformarnos con las bicicletas gemelas o tandem. Me apresuré a compartir con Joe la tarea del pedaleo, pensé que su potencia me daría algún respiro. Tú fuiste con Sonia. Aquel día estábamos todos rendidos después del esfuerzo. Por la noche muchos no salieron y todos nosotros nos juntamos en una reunión escuchando las poesías de Joe, tan sencillas y con tanto ritmo como las melodías de su flauta; su flauta que yo llamaba y así la recuerdo, “mágica”.

Entablamos una conversación interminable y tal sería su trascendencia que decidimos juntar tres camas, meternos los cinco en ellas y continuar charlando hasta que poco a poco fuimos cayendo. Me pregunto quién sería el último combatiente en caer rendido pero estoy segura que fuiste tú. Siempre me admiró ese aguante tuyo, capaz de mantenerte toda la noche en vela, simplemente observando, mirando, pensando, garabateando tus notas en esa libreta pequeña con esa grafía tuya tan peculiar y distinta a cualquiera. La recuerdo bien porque todavía ahora, después de tantos años encuentro tus notas entre mis libros. A veces me sorprenden, otras estaban tan dentro que es como si la imagen que compone tu texto fuera todavía parte de mi esencia.

A la mañana siguiente cuando me desperté junto a vosotros me entró pavor y para colmo, la puerta de la habitación estaba abierta y tras ella un desfile constante de vuestros compañeros de clase que no dejaba de fluir. Quería morirme! Pero no lo hice, ni tan siquiera di explicación alguna a las otras profesoras porque creí que era innecesario. De hecho fue un viaje distinto, especial. Quiero afirmar que irrepetible. Creo que todos y todas incluidas las tres profesoras que compartimos la experiencia recordamos el viaje como un letargo, una corta hibernación en medio de ese loco mundo que nos rodea, que marco nuestras vidas para siempre. Aquel viaje definió tres vidas no convencionales, tres maneras de hacer y con el tiempo jamás he olvidado la experiencia.