18/08/06

Fantasía #4. Bravo I

Había pasado bastante tiempo después de mi separación. Todavía hundida pensaba que tenía que hacer lo imposible por levantar cabeza, que no podía estar sumida en ese desespero, en esa obsesión y por supuesto debía dejar de pensar que él, algún día, iba a volver.

Mis hijas, en edades tempranas, reclamaban mi atención y tenía que hacer esfuerzos inconmensurables para atenderlas como requería la situación;  ellas tan desconcertadas como yo y entendiendo menos todavía lo que estaba pasando eran el único motor de mis pocos funcionamientos.  

En esta resolución decidí pasar a la acción y ocuparme de la maltrecha hacienda para sacar algún dinerillo cada mes que me permitiera cubrir los gastos que teníamos. Mi primo, el arquitecto, me mando un “paleta” como le llamaba él, pero en realidad se llamaba Bravo.

Apareció por mi casa un sábado por la tarde para ir a revisar estas abandonadas paredes y después de la visita le digo mezclando mis palabras con un suspiro: “Tendrás que decirme cuanto me va a costar eso, a ver cómo me organizo”. En aquel momento, con una calma desconcertante, puso su mano sobre mi brazo, le miré y me di cuenta que tenía unos ojos preciosos. Me dijo: “No te preocupes mujer, que tienes futuro en los ojos.”  Todavía bajo el impacto de esa mirada verde, atónita, casi ida, alucinaba mientras un suave cosquilleo recorría todo mi cuerpo y pensé “¿será cierto, que todavía estoy viva?”  

 

14/08/06

Instantánea #3: El Chrysler al alcance de la mano

Había estado estudiando durante  un curso escolar en la Universidad de Washington, en Seattle, en la costa oeste, donde no estaba permitido beber alcohol hasta los 21. No era así, en aquel entonces en el estado de Nueva York donde la permisión se daba a partir de los 18. De regreso a casa paré por una semana en Nueva York donde me quedé unos días en casa de mi amiga, Libby. Era fascinante descubrir una ciudad que sólo había visto en el cine, en mis fantasías, en los sueños… pero era igual! La gente, ya entonces me pareció amable, cortés, atenta, curiosa, increíblemente simpática…y tan guapa!!!! Ahí fue, hace ya tantos años,  cuando supe que dejar los Estados Unidos era una cosa y entrar en la ciudad de Nueva York algo totalmente distinto.

Pasaba el día descubriendo rincones, mirando y paseando y por la tarde cuando acaba el trabajo Libby en el Rockefeller Center la iba a buscar. Una de esas tardes después del trabajo fuimos al rascacielos del la Pan Am. La compañía aérea que me había llevado por todo el país. Un edificio, menos elegante que otros, menos esbelto, pero sólido como tantos otros, majestuoso se levantaba en medio de Park Avenue. Allí en el piso 78 y con la mirada al norte de Manhattan buscamos un rincón para tomar mi primer “cocktail” de aquel año. Con mis 19 años recién cumplidos, con mi melena, con cara de niña curiosa y mi ropa de niña “pija” española me pidieron un “ID”, mi pasaporte, en definitiva. Quedaron tan sorprendidos de ver que efectivamente tenía la edad para abandonarme a los placeres etílicos que cuando terminamos el primer cocktail, la casa nos invitó a un segundo. Pedí un “Manhattan”, por supuesto con güisqui, vermouth dulce y seco y angostura. Qué bien me sentó, todavía lo recuerdo! Con dos cócteles a mis espaldas después de un año de abstinencia los efectos fueron sublimes y creí, desde contada altura volar entre los más peculiares rascacielos de la ciudad neoyorquina.

Cuando regresé a Nueva York, y después de algunos años de la primera experiencia quise volver al edificio de la Pan Am, que ya no era Pan Am, sino Met Life, una casa de seguros. Lo único que permanecía intacto, regio, sólido era el rascacielos que no había cambiado para nada. Volví un día que vino a verme mi amiga de LA y rápida y rauda le dije al portero, voy al bar de la 78 y él, sin comprobar nada, me dejó pasar con una sonrisa estupenda. Así es como se entra en los sitios de diseño en la ciudad. Hay que mostrar seguridad y domino. Al llegar a la planta 78 cual fue mi sorpresa al ver que el susodicho bar era un club privado, con expreso aviso en la puerta que leía: “No socios, abstenerse de llamar.” Mi gozo en un pozo y todavía pensando en la estrategia a utilizar para poder entrar que sale una moza de la puerta de al lado y viéndonos tan perplejas nos preguntó qué pasaba. Le conté la historia de mi pasado y me dijo. “Eso tiene fácil remedio. Entrad en la oficina y podréis comprobar la magia del lugar.” No pudimos tomar el Manhattatan como era mi intención pero la vista, esa asombrosa visión, jamás la podré olvidar. No daba a la cara norte, sino a la cara sur. El Chrysler, mi rascacielos favorito estaba justo a tocar. No daba crédito a mis ojos, solo faltaba salir… y volar, dar la vuelta por el mágico rascacielos, la diosa de los edificios de Nueva York, como lo contemplé desde la casa que estuve a la espera de que me dieran mi piso en la ciudad que nunca duerme. Llegamos a casa aquella noche poseídas por un encanto, una magia especial y es que aunque sé que estas anécdotas no ocurren todos los días todo es posible en Nueva York! Llegamos a casa envueltas de un sueño, esas magias, esos recuerdos, cercanos todavía pero que cuando los pienso, me entra esa nostalgia indescriptible, única y a lo lejos escucho esa música tan especial que suena todavía en mis oídos con el saxo de Lou Marini, en vivo, en esa maravillosa despedida de mi estancia en la gran manzana…

11/08/06

Tonteando con palabras

Cuando uno tantea o quizá tontea con las palabras a veces planea, otras empieza con un pensamiento y acaba con otro. Así me sucede a mí muchas veces que empiezo pensando en algo concreto y acabo escribiendo otra cosa totalmente distinta a mi inicial intento.

Me imagino que cada escritor es un mundo diferente, unos planean, investigan, son rigurosos con su trabajo. Escriben a diario para no perder soltura, para ganar palabras y quizá aprovechan pocas de las que escriben pero, las que aprovechan, no tienen desperdicio. Así me maravillaba, cuando leía a Nathaniel Hawthorne que, decía mi profesora, escribía disciplinadamente cada mañana temprano para no perder ni hábito en la expresión, ni soltura con las palabras. Me admiraba Herman Melville por la misma razón y Joseph Conrad por ser capaz de escribir con esa perfección en una lengua que no era la suya tal y cual intentaba yo cuando tenía que hacer mis pinitos en inglés aunque nunca lograra ni tan siquiera estar a la sombra de su nivel. Cuando leía a George Eliot, sabiendo que su nombre escondía a una mujer me preguntaba, aún a sabiendas de las dificultades por escribir que tenía la gente de su sexo, por qué no dejó clara su condición de mujer, como mi querida Virginia Woolf, qua aunque nació algo más tarde pero todavía con dificultades hizo de su pequeño entorno un paraíso aunque viviera a veces en un infierno pero dejando claro quien era y construyendo esa manera tan especial de escribir y de entender la vida, su vida. También contrasto en mi pensamiento a Ignacio Aldecoa, un gran escritor dicen, pero que a mi me cansa leer, no es así con Josefina Aldecoa, su mujer, que me engancha desde su primera palabra con esa sutil forma, auténticamente de mujer, de comunicar, de sentir. Qué horas tan agradables he pasado con sus libros! Y cómo releo con gusto fragmentos de sus novelas y sus entrevistas, siempre que las encuentro. Cuán cerca de mi propia experiencia la siento por su amor a la docencia y porque cuando la leo entiendo sus historias como si fueran mías aunque yo no pueda expresar mi pensamiento con esa exquisitez.

Podría continuar la lista de nombres, de aproximaciones a la escritura y seguro que me podríais ayudar. Tampoco se trata de eso! Mi idea es simplemente intentar plasmar las distintas formas de organizar el pensamiento, con un cansancio supino encima, con los ojos pequeños de tanta lectura y por tanto con tanta imprecisión como mi condición me obliga. Mentes organizadas, inseguras, rigurosas, alocadas, dispersas, eruditas, curiosas, enamoradas, intrigadas, desenfadadas, divertidas, bohemias, observadoras, imprevisibles... Todas ellas, mentes maravillosas...