06/09/06
Bravo IV
Compartimos almuerzos, más que cenas y también algunos desayunos muy temprano por la mañana. Mis gustos burgueses le hacían reír y a un restaurante con mantel le seguía una tasca, un bar de tapas, un cuchitril, o un bar de bocatas... A cada encuentro me liberaba, cada conversación me enriquecía y absorta le escuchaba, le debatía. Tenía ideas estupendas… tan sólidas, tan convincentes; sensatas algunas, tan idealistas otras. Era un anarco-comunista-liberal-librepensador muy especial. Me maravillaba que un hombre sin estudios formales tuviera una mente tan lúcida y que razonara con la profundidad que lo hacía. La verdad es que Bravo, acabó con muchos de mis prejuicios con sus “No, mujer no, que esto no es así! Que te lo han vendido mal!” y me enseño a ver la parte genuina de las personas y de las cosas ¡sin más! Estar a su lado me proporcionó un descubrimiento tras otro y mientras charlaba, aclaraba mis ideas y me iba haciendo más y más fuerte.
Un día hablando de nuestros lugares, de nuestros espacios nombré el Delta del Ebro. Para mi sorpresa, él nunca había estado allí. “¿Por qué no vamos? Deja que te lleve yo esta vez!” le dije. Tuvo que hacer mil piruetas y organizar a su gente un día entero sin olvidar detalle, soy consciente! Móvil en mano, nos fuimos. Y así fue, un día que no tenía clase por ser fiesta local en mi escuela, nos “fugamos” al Delta.
El paisaje del Delta es muy peculiar, cambia constantemente con las estaciones; sus colores, sus sonidos, sus olores son distintos. En invierno el paisaje aparentemente desolado, triste, frío, está lleno de marrones y ocres, los pescados “xapados” tendidos al sol para secarlos hacen que el aire huela extraño pero con el frío el olor no es molesto, antes al contrario. El barro, el lodo lo domina todo pero también tiene su encanto; y ese frío, penetrante por el viento que sopla casi constantemente, ese frío, te rejuvenece, te deja la piel tersa y fresca. En primavera se llenan los campos de arroz de agua, es la siembra y todo es azul, la brisa es agradable, y las temperaturas más suaves que en invierno se agradecen pero puede haber días de mucho calor. Los canales, a rebosar, van llenando los campos despacio para no perder ni una gota vanamente. En verano, todo está verde, el arroz va creciendo y muestra sus espiguitas tiernas, ese verde brillante de las plantas recién crecidas. En otoño, es la cosecha. Las espigas muestran orgullosas su grano y los recolectores se disponen en las charcas recogiendo el delicioso manjar.
Cuando fuimos era primavera, la más sensual de las estaciones, en el Delta. Todo estaba limpio, aireado de los vientos del invierno. Las cabañas blancas, parecidas a las barracas valencianas, las casas de colores de los pequeños pueblos hicieron a Bravo exclamar “Niña, donde me has traído? Esto es África?” Yo me reía ante sus caras de admiración y sorpresa. Estuvimos recorriendo algunos lugares hasta que nos fuimos a una de las “Puntas” no recuerdo si era la “dels Alfacs” o la del “Fangar”. No había nadie, estábamos completamente solos. Era una sensación increíble, tanta naturaleza salvaje, tanta arena, tanta agua! Recuerdo que me llevé una gran tela india, multicolor. La tendimos sobre la arena dura, mojada muy cerca de la orilla, nos desnudamos completamente y fuimos rodando hacia el mar. Dentro, fuera, al compás de las mismas olas cuando se mezclan con la arena al llegar… con los ojos bien abiertos, mirando para empaparme de la belleza salvaje del lugar, de sus ojos verdes, del cielo azul intenso y de la mar. De golpe divisamos en el horizonte, la pareja de la guardia civil! Mucho más rápida cogí la tela por una esquina y me enrollé con él dentro. Me abracé, cerré los ojos. Recordé otros tiempos más ingenuos algo más jóvenes cuando la aparición de la guardia civil era asunto de mal agüero. Y no pasó nada, sus dos bicicletas pasaron una por cada lado de donde estábamos, totalmente cubiertos por la tela, sin detenerse, ni montar cirio ninguno.
La mañana pasó tan deprisa. Habíamos salido tan temprano, mucho antes de que llegara su gente. Me parecía haber vivido mil mundos distintos, poblados, desiertos; secos y húmedos; de colores y austeros; mágicos y reales; ¡cuántas sensaciones en tan poco tiempo!
A la hora de comer teníamos hambre! Para celebrar nuestro día tomamos una mariscada excelente en el restaurante Núria, al ladito del Ebro, frente a la isla de Buda, que encarecidamente recomiendo. (Repetí visita hace pocos días y comprobé su magnífico servicio y exquisitos platos todavía…!). Nos reímos como locos, jugamos como niños, observamos las aves, nos bañamos en el agua, corrimos entre los arrozales aquel día de azules diversos del Delta.
Por un momento, entre matorrales, entre los azules del río, de los campos, del mar y el cielo me pregunté que qué iba a pasar cuando las obras terminaran y sentí una congoja y una tristeza tremendas, inexplicables, le miré asustada y debió notarlo en mi cara… era la primera vez que me pasaba.
De vuelta a casa, con el sol en el rojo horizonte, yo conducía y estaba callada. Él, discretamente apoyaba su mano sobre mi muslo y lo acariciaba. De reojo notaba la fuerza de su mirada, sentía la fuerza de su mano y pensé “hasta cuándo?”
19:15 Permalink | Comentarios (5) | Email esto
Paréntesis (hoy)
Mañana
Me preguntas que qué me pasa y te respondo amable, discreta que no me pasa nada pero que me siento triste, nostálgica, metida en este mundo onírico de mis entrañas. Quizá es que siento la distancia de tus actos o quizá su ausencia. Te alejas tanto y es que todo se desvanece tras esa calima blanca que ahora mismo contemplo desde mi estancia.
Mediodía-Tarde
Se funde el día con mil encargos, con mil deberes que ya no recuerdo o quizá no quiero. Realidad y sueños siempre se pelean como dos niños pequeños.Noche
Me llamas y me cuentas y reclamas mis palabras mientras yo todavía muda sólo te escucho, atenta. Miro la película Far from Heaven, en inglés; Lejos del Cielo, en castellano, creo y veo parcelas chiquitas de mí misma en ella. ¡Cómo te marca caminos la vida!, la gente ajena, aunque tú no quieras… a pesar de la lucha, a pesar de la fuerza…
00:30 Permalink | Comentarios (8) | Email esto
02/09/06
Bravo III
Había perdido 14 kilos desde mi separación y aunque siempre fui robusta, mediterránea tipo escultura de Aristide Malliol, nunca fui una mujer gorda pero sí fuerte. Ahora daba pena, tenía ojeras y mi cara demacrada era un verdadero cromo. Me sentía frágil pero aquella noche recuerdo la cena con mis hijas, esa tortilla de alcachofas que me supo a gloria. Me pareció un delicioso manjar y empecé a disfrutar de la comida otra vez. Noté como la chispa de mis ojos empezaba a brillar y también la de mi inteligencia, la de mi razón y la de mi creatividad. Empecé a sonreír más, a hablar más, a querer más cine y a sufrir un poquito menos por mis hijas, que las tenía amargadas con tanto control y protección.
Hubo otros mil encuentros con Bravo, cada uno distinto, extraordinario, a cuál más imaginativo. Puedo rememorarlos todos y cada uno de ellos, todos, de verdad todos, son dignos de mención. Era un provocador encantador y siempre conseguía cambiar mis planes para hacerse con la suya.
Recuerdo un mediodía, la casa tranquila, sus albañiles comiendo en algún lugar cerca de la playa. Yo, sola en casa y aparece como un duende silencioso, sonriente y con renovada determinación le digo: “Ven aquí, que te cuento. Ya sé que trabajáis en la casa de al lado pero, ves ese cuarto, esa estancia… la quiero distinta. Donde hay una ventana, una puerta, en los arcos de fuera pondremos cristales y el acceso cambiará totalmente la luz natural de la habitación. Necesito, y sé que tú me entiendes, que no me recuerde al pasado.” Otra vez sin darme cuenta me encontré en sus brazos arrebatada, totalmente ida, con su ternura, con su exquisitez en sus gestos y en sus caricias, pero siempre me conseguía con aproximaciones distintas. Recuerdo haberle preguntado donde había aprendido tantas cosas y tan bien. Me contestó que antes era un bruto y que aprendió en Cuba donde una mulata lo transformó. “Anda con la mulata!” pensé yo. Le pregunté que qué se le había perdido en Cuba “Niña, que soy comunista, no ves cómo organizo a mi gente? Somos una cooperativa. Allí lo aprendí también”. Hablábamos bajito, aunque no había nadie, de su productiva visita a Cuba y otros mil temas y luego subí a por mis cosas, al bajar lo encuentro husmeando entre mis libros. Tenía en sus manos “Estudios sobre el amor” de Ortega y Gasset y me dice: “Me lo prestas”, “Por supuesto”, le contesté con una sonrisa y un beso. Me fui al Instituto y por la noche cuando llegué a casa me encontré un gran boquete en la pared donde estaba la ventana de mi habitación y el marco con los cristales de la ventana descolocada, apoyada en la pared contigua. No daba crédito a lo que tenía delante. Qué fuerte! Qué impresión! Leí en sus actos la rabia que habían generado mis sentimientos y lo imaginé picando con violencia hasta dejar mi habitación a merced de la luna y las estrellas.
Aquella noche de febrero o marzo, todavía fría, tuve que abrigarme bien para no quedarme helada en esa habitación tan desprovista, tan aireada…! pero me dormí, fresca y sonriente pensando en lo que me había dicho aquella tarde mientras me acariciaba las mejillas cuando me fui: “Niña, no te vayas a enamorar de mi!”
12:35 Permalink | Comentarios (8) | Email esto

