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22/10/06

Fragmentos: Vivir la vida…

Ayer tuvimos cena de mujeres, variopintas diversas, de muy distintas edades, estupendas todas ellas, inquietas ante la vida pero me daba cuenta que cada una manifestaba sus cuitas, sus penas, sus angustias  de forma distinta. Yo pensaba, qué será en verdad lo que nos pincha? Porque algunas de sus quejas no eran exactamente aquellas que se formulaban; en realidad, iban más lejos.

Curiosamente estaba tranquila, observante, pensando en lo que decían y en algún momento que la queja era una órbita, un círculo, sutilmente cambiaba el ritmo, el tono de la conversación y el tema para reconducir el mal rollo que algunas llevaban dentro.

Por qué será que los rollos domésticos nos abruman tanto, por qué sentimos la carga de esos momentos que nos ofuscan y cuando podemos vivir momentos, sencillos pero intensos, nos los perdemos, por no estar atentas.

Les conté, con esa pasión que me caracteriza, aunque últimamente la madurez hace que la controle mejor, mi sorprendente descubrimiento. El jueves por la noche llegué a casa, como todos los jueves y martes, cansada de mis clases. (El resto de días acabo un poco antes!) Preparé esa cena austera pero equilibrada y completa. Cuando me senté, después de colocar la mesa adecuadamente, cogí con desánimo el mando e iba “zapeando”.  Digo con desánimo porque raramente encuentro, a esas horas y después del cansancio, un programa que me enganche. De golpe vi COIXET en un fondo verde brillante de la pantalla y paré de golpe. Una palabra mágica había aparecido. Qué genial que es la tía! Isabel Coixet presentaba un programa (nuevo?), “Carta Blanca”, que no tiene desperdicio, con esa mirada femenina que tan exquisitamente domina y con ese desparpajo, ese poco garbo, a veces,  que tan poco la representa. Qué bien lo pasé con sus inteligentes y agradables invitados:  María de Medeiros, Rodrigo Leao (a quien le dio los despidos de sus palabras para apresurar su música), Carlos Fuentes que estuvo genial y Benedetta Tagliabue que estuvo exquisita. A cada uno de sus invitados les mostraba escenas de películas que consideraba adecuadas a las vidas que interrogaba. Qué maravilla! Cómo disfruté! Con el cine, con los comentarios de los invitados y los de la Coixet!

Esa explicación “apasionada” de la experiencia fue una de las pocas veces que pude reconducir la conversación hacia otros derroteros haciendo gala de las palabras de Coixet “La vida real no le interesa a nadie”… Anoche, entendí sus palabras y las compartía perfectamente aunque me cuestionaba si la vida real, era la misma para todas mis mujeres.

17/10/06

Paréntesis. Té rojo, té verde, té blanco, té negro…

Me gusta tanto el café que pasar a vivir una vida sin él (casi) me parecía imposible. La verdad es que me enerva, me debilita los huesos y me pone tensa es decir que he optado por pasarme a los tes y veo, o maravilla!, cómo resultan los mejunjes cuando los sumerges en agua hirviendo. Luego, si añado leche de soja, de vaca o de lo que sea… muestran mil tonalidades distintas.

Esta mañana me paré absorta a mirar el color rosado del té rojo después de la mezcla, esos fluidos delicados, esas tonalidades en la taza que van cambiando mientras, a sorbos, despacio, vas apurando el contenido…

En casa, de todos los tiempos, se tomaba café. Para mi madre era como un elixir de vida, una acto social, un motivo de tertulia, una reunión, cualquier excusa… y es que el té, para nosotros, de pequeños, no existía.

Me acuerdo cuando me proponía instaurar nuevos rituales después de esos intentos coloniales de los británicos que nos visitaban pero no nos acostumbrábamos,  hasta que después de mi primera estancia en Inglaterra me di cuenta que el sabor del té en esa tierra era totalmente distinto, y allí el café era detestable.

Volví de este primer viaje con una tetera y sus tazas a juego, para mi madre. Me miró con cara de pasmo y colocó las piezas discretamente en la vitrina con los objetos de lujo, las copas y platos del domingo, de Navidad y de las fiestas de guardar. Allí se quedó la tetera con las tazas a juego mientras los juegos de café se iban sucediendo uno tras otro, rompiéndose, acumulando tazas distintas y a veces como en “Les Belles images” de Simone de Beauvoir, mi madre, como el padre de la protagonista, sacaba tazas de distintos juegos que ya no podían ser repuestos y la mesa era un cuadro multicolor y variopinto.

Pero no fueron otros viajes a Inglaterra los que cambiaron mis hábitos, sino otros intereses, otros motivos más tardíos y saludables los que desplazaron al café, esa deliciosa y estimulante bebida de la dieta cotidiana, en pos del té. Nunca fue en la casa familiar, sino en la mía donde  al café, un día le sucedió despacio y progresivamente el té y ahora mismo me embeleso, me quedo absorta, lejos de los grises y verdes británicos, con esas tonalidades de todos mis tes bajo el sol mediterráneo.

16/10/06

Respeto

No sé si es la calima blanca que te distancia,

hoy, tan presente…

No sé si son tus cuitas, tus excesos, tus inventos,

tu vida interna, tus sueños, tus deseos cercanos…

o quizá los míos, que te dan miedo.

Ya sabes que te respeto…

 

Y no hace falta que te justifiques de tus hechos, tus decisiones

por mis momentos  pasados, mis inconsciencias, mis luchas ocultas;

esos momentos diversos, perdidos,

de navegación mía a la deriva

de tantos años de desperdicio y también de ensueños.

Ya sabes que te respeto…

 

Ahora mismo, me siento tranquila;

organizo, orquesto, compongo, leo, escribo, también te pienso

Y acumulo recuerdos en el pensamiento

como un tesoro que nunca pierdo.

La soledad aguijonea… sólo a momentos

cuando la calima blanca,

hoy tan presente,

me distancia de todos mis sueños.

 

 

Aún así, ya sabes que te respeto.

12/10/06

Instantánea #7. El pasillo de Penn Station

Cada mañana cuando llegaba a mi parada en pleno corazón de Manhattan tenía mil sensaciones distintas; algunas se repetían, otras eran bien distintas cada día.

Recuerdo mi desconcierto al bajar en Penn Station la primera vez que tomé el metro hacia el trabajo desde mi casa al norte de Manhattan. Nunca había visto tanta gente junta, caminando en ambas direcciones, deprisa, con el ceño fruncido, con cara de angustia, con cara de póquer, de incógnita, de pardillo, sin calma ninguna… Poca gente sonreía lo cual me hacía imaginar que yo era la única que lo hacía ante todo lo que me sorprendía.  Aquel primer día, temprano por la mañana, en aquel pasillo tan largo imaginé la música de Phillip Glass que había acompañado la película-documental “Koyaniskatsy”,  un documento insólito e impactante que guardo todavía en mi memoria. Fue una sensación fortísima, creí estar cargando adrenalina para la jornada. Ese pasillo inmenso hasta salir en la 34 entre la 8ª y la 7ª es uno de los espacios más sugerentes de mi estancia en Nueva York. Y lo es, porque ahí establecí ritos, mirando, comparando, parándome, hablando, oliendo, escuchando, observando… Los sentidos siempre estaban despiertos a cualquier hora del día en ese pasillo inmenso. La mañana era una experiencia, las horas punta por la tarde otra bien distinta pero ambas peculiares, especiales, únicas… donde podías encontrar lo más insólito, lo más extraño, distinto a todo.

Por la mañana la gente tenía prisa, yo misma me sumergía en ese ritmo frenético, desesperado, inquieto. Después de un par de días de desespero recuerdo que decidí llegar a la oficina algo más tarde de las 9 para tener mas aire en el metro y no viajar como en una lata de sardinas. Cuando llegó mi jefe al cabo de tres meses de llevar la oficina a mi aire, me dijo. Tienes que llegar a las nueve y yo le contesté. “Ni lo sueñes!” Salgo cuando acabo el trabajo y muchos días es más tarde de lo que debo pero no me pidas que venga a las 9 porque no lo voy a hacer”. Ante tal respuesta contundente, mi queridísimo jefe, repitió su petición y yo, como una gota malaya, siempre le contesté lo mismo hasta que al final, cedió! Él sabía que me sacaba el trabajo de encima aunque estableciera mi hora de llegada a las 9:30am. Salía cuando acababa y siempre cerraba la oficina sola, porque todo el mundo se iba a casa antes que yo. Pero no me importaba. Hubo días de todo. Recuerdo un día que acabé tardísimo ultimando detalles para un congreso. Atar los cabos finales es lo más delicado. Tenía tanto miedo de dejar alguno suelto. Salí de la oficina después de las 9pm, (de la noche) . Es la única vez que pasé miedo en las calles del centro de Nueva York a causa de un personaje excéntrico, totalmente ebrio que se me echó encima mientras andaba por la 34, y yo sin ningún comentario, me enderecé y seguí mi camino, discreta, erguida, temblando por dentro, hasta llegar a mi querido y conocido pasillo.

Cuando era tan tarde, la estación, ya estaba calmada. Quedaban abiertos los de “Hot and Crusty” la deliciosa tienda de pan donde compraba mis panes todos los días y a esas horas ya me daban dos por uno! Esa tienda tenía un olor entrañable de hogaza, de pino, de hierbas, de olivo y el negro que me lo vendía era un lujo para vista y para el oído; tan simpático el chico! Cuando me veía, sonreía. “Today’s really late Ma’am!” y entablábamos una pequeña conversación desenfadada, tranquila a esas horas de la noche, casi la media noche comparándola con nuestras galaxias… El negro, de mirada dulce y tierna, estudiaba por las mañanas, por la tarde vendía pan y cuando llegaba a casa me encontraba “muffins” (magadalenas)  o croissants que había colocado en mi bolsa, sin darme yo cuenta a cambio de mis palabras y mi sonrisa desinteresada.

Cuando me iba un poco antes, que era casi todos los días, todavía encontraba almas artísticas en pleno movimiento: el hombre del violín de metacrilato con su mágico violín. No era tanto el sonido como el espectáculo y el artífice del mismo, un señor pequeño, magro, fibroso de tipo nervioso e inquieto, vestido de negro. Se movía con su violín que parecía que los dos estaban en perfecta armonía. La cantante de jazz afro-americana; la mujer maravilla como yo la llamaba, estilo Lorenna Mackennit, los raperos, el break dance, el imitador de Michael Jackson, el bailador de tango con su muñeca, el negro del saxo, los tambores, el grupo peruano con sus flautas de pan… Cada día variaba el programa de música en el metro y a veces los encontraba en otras estaciones pero todos me resultaban entrañables, llenos de vida. Son extraños los vínculos que creas en medio de tanto movimiento, extraños los lazos que estableces y fuertes e indestructibles los recuerdos que atesoras.   Ahora mismo, todo me parece tan tranquilo… quizá demasiado.

No consigo colocar un video de YouTube. Ahí os dejo el enlace donde podréis ver el pasillo y la "movida":

http://www.youtube.com/watch?v=ZMQDz144AAE

 

07/10/06

Paréntesis. Rutinas o ritos?

El tiempo ya no es mío, me dice un amigo y yo rauda me apodero de la frase ante un mismo sentimiento. Corro, leo, duermo poco, como algo, me relajo menos aunque lo intento, viajo en tren, escucho música y pienso cuando puedo. Nuevas caras cada día aparecen ante mí para hacerme con ellas y son, de momento incógnitas que intento desvelar a cada pregunta, a cada gesto, a cada mirada, poco a poco buscando esa complicidad, esa chispa del pensamiento.

Así empezó el curso y acabo cada tarde tan cansada de mente, de cuerpo que soy incapaz de hacer nada creativo cuando llego a casa por la noche. Y ahí me tienen casi seca… intentando establecer esos ritos o rutinas que me permitan sobrevivir en el intento.

Cuando tomo el tren a la ida, leo. También observo a la gente, escucho lo que dice sin ánimo de ser indiscreta y anoto en mi libreta negra, constantemente, impresiones del momento. 

En la escuela no paro. Preparo clases, materiales, reviso audiciones e imágenes y naturalmente doy todas mis clases que ahora mismo, me parecen muchas, quizá más tarde no me lo parezcan tanto.

Cuando regreso tengo la sensación de estar vampirizada, no tengo sangre, seguro que estoy pálida, aunque no me veo. Me siento exhausta, tan cansada que no puedo pensar nada. Es entonces cuando me coloco los cascos y poco a poco los músculos de mi cara se van relajando. Lo noto, lo siento y aunque mi cuerpo continúa cargado me remonto con cada nota, con cada melodía. Estos últimos días le tocó el turno a mi querida Apocalyptica. Brutal a veces para sacar la angustia y luego suave, especial para recuperar mi alma. Y poco a poco se relajan mis músculos y sonrío. Debo parecer idiota o alelada con los ojos cerrados y los cascos puestos.

Cuando llego a mi estación, me doy cuenta que somos muchos los necesitados y observo muchos mp3, funcionando. Un señor, muy puesto, se me acerca y me dice. “Señora, no sé que estará escuchando pero esta música hace milagros. Su cara ha ido cambiando y ahora mismo está usted estupenda”… Ya saben, a por los cascos!

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