30/09/06

Intantánea #6. "The Strand"

“The Strand” está, en el 828 de Broadway, muy cerquita de Union Square. Un comentario sobre el lugar que encuentro en la red, dice: “Is it perfect? No - it's dusty, hot, etc. But it's the best of its kind.”

Pues eso; hace calor, huele a polvo, a rancio, a viejo, la nariz te pica cuando entras y hasta puedes escuchar de vez en cuando estornudos alérgicos por el polvo que notas que va flotando en el aire. Pero algo te arrebata en ese sitio de libros de segunda mano, según dicen el mejor de esta categoría.   

La visita a “The Strand”, “las ocho millas de libros”, como reza su subtítulo se convirtió en un ritual semanal. Necesitara o no libros me daba un paseo casi todos los martes después del trabajo. Pasar por las secciones de literatura, arte y educación eran un “must”, poquito a poco fui ampliando las visitas a otras secciones: estudios culturales, arquitectura, multicultura, sociología, cine, feminismo, teatro, historia medieval, guías de viaje, geografía, cocina, la sección local…

Según la necesidad apremiante del momento reseguía uno u otro pasillo o módulo. Era imposible mirarlo todo pero cada estantería era como un imán, te atraía y no podía marcharme hasta repasar los títulos que resaltaban más. En verano el calor era asfixiante pero recuerdo cuando entraba con el abrigo de invierno, durante  esos inviernos duros y rigurosos de Nueva York… El calor se hacía insoportable; me sacaba el abrigo que colgaba de mi brazo junto al cestito donde iba colocando todo libro que llamaba mi atención. Cuando terminaba mi itinerario hacía una selección final.

No sólo había libros usados, también se encontraban libros nuevos, recién publicados que habían mandado a los comentaristas y que se vendían a mitad de precio. Cuando descubrí esta mina en el sótano de la tienda  creí que ya no iba a salir jamás…

Pero salía. Algunas veces sin libro ninguno pero no decepcionada por eso y a la semana entraba otra vez.

Tengo libros atesorados, tan queridos de estas tardes. Algunos pocos que todavía no he leído y que compré por que me había enganchado al autor o autora o por el resumen en la contraportada pero les llegará su día. Recuerdo con qué reverencia me compraba todos los libros de Edward W. Said que encontraba. Cuando cayeron en mis manos sus memorias - Out of Place, A Memoir - entendí el propósito de su autobiografía y lloré de rabia e impotencia ante un cáncer que nos privaría en poco tiempo de su magnífico y profundo pensamiento. En el mismo orden estaban los libros de Noam Chomsky que ya conocía algunos de antemano pero me gustaba encontrar cosas nuevas o que no conocía. Para mí, estos dos autores son los que representan a la intelectualidad del país en contrapunto a muchas de las ideas establecidas en la gran masa. 

Los libros de arte también eran mi pasión. Recuerdo la emoción cuando encontré en una caja, todavía por colocar el libro American Visions. The Epic History of Art in America de Robert Hughes, un libro que había buscado incluso en librerías de nuevo y nunca lo había encontrado.

Cuando vives en una ciudad como Nueva York te aficionas a la arquitectura, casi sin proponértelo y buscas documentación para cada edificio, cada rascacielos que te llama la atención. La construcción, el arquitecto, la historia detrás de cada ladrillo, bloque de mármol o de cristal. Así me aficioné a Frank Lloyd Wright y su arquitectura entre otras y hasta llegué a escaparme a ver en vivo el maravilloso diseño de la Casa de “Fallingwater” (cascada) en Pensylvania. En Nueva York el edificio más conocido es el del Museo Guggenheim. Otros ejemplos exquisitos se encuentran en Chicago.

Revolviendo libros, descubrí a nuevos autores como Tracy Chevallier, The Girl of the Pearl, Arthur Gordon, Memoirs of a Geisha y Jeffrey Eugenides entre otros. Por mi trabajo me interesaban además los autores latinoamericanos y descubrí una colección de adorables hispanas afincadas en el decadente imperio: la deliciosa novela When the García Girls Lost Their Accents de Julia Álvarez, The House on Mango Street de Sandra Cisneros, Soñar en Cubano de Cristina García y Cuando era Puertorriqueña de Esmeralda Santiago. Tan divididas en sus pasiones, como yo misma por sentirse de otro sitio y a la vez ser incapaces de dejar, de negar el decadente imperio. Cuán cercana me afirmo en las palabras de Esmeralda “…siento el dolor de haber dejado a mi islita, mi gente, mi idioma. Y a veces este dolor se convierte en rabia, en resentimiento porque yo no seleccioné venir a los Estados Unidos. A mí me trajeron. Pero esa rabia infantil es la que alimenta mis cuentos. La que me hace enfrentar a una página vacía y llenarla de palabras que tratan de entender y explicarle a otros lo que es vivir en dos mundos, uno norteamericano y otro puertorriqueño…  …Y esa rabia es la que me ha hecho posible perdonar quien soy. Cuando niña quise ser jíbara, y cuando adolescente quise ser norteamericana. Ya mujer, soy las dos cosas, una jíbara norteamericana, y llevo mi mancha de plátano con orgullo y dignidad.”

Nunca en “The Strand” encontré un libro de Sonia Nieto, la gran maestra de la educación multicultural y la diversidad, a pesar de buscarla con esmero a cada visita. Sus libros los encontraba en una pequeña librería llamada “Shakespeare & Co”, también en Broadway, un poquito más al sur, en el 716. Allí encargaba lo que no podía encontrar en “The Strand” y con una gran eficiencia profesional me llamaban a casa cuando les llegaba el libro que solía ser en uno o dos días.

Al terminar las visitas a las librerías, nos reuníamos con algunos amigos en la Heartland Brewery, una de las mejores cervecerías de la ciudad, en pleno corazón de Union Square. Tenían buenas cervezas americanas, de todo el mundo, de toda tonalidad y sabor, más suave, más amarga, más o menos fuerte pero deliciosas todas ellas. Las íbamos probando, acompañando la agradable bebida con alguna de las comidas que no estaban nada mal. Los calamares estaban riquísimos, y las “buffalo wings” o alitas de pollo,  no tenían desperdicio. Así se iban las tardes de los martes que con el tiempo resultaron verdaderamente entrañables.

Después de la charla, del intercambio de experiencias, de las risas y algún suspiro por el inexistente jamón de Jabugo o Guijuelo y el chorizo,  nos íbamos a casa. A mi me daba el tiempo para leer un buen rato y después me acostaba, cansada, tranquila con ese olor a rancio, a viejo metido todavía en mis narices…

22/09/06

Paréntesis (Contrapunto)

Creo haber manifestado en otro momento la diferencia que existe entre Nueva York y cualquier otro lugar de Estados Unidos. También es cierto que hay dos Américas al margen de Nueva York, tan manifiestamente opuestas y tienen, cada una de ellas, encantos y horrores contrapuestos. Lo hablaba anoche con ese amigo Tejano, la antítesis, en cuanto a creencias, de todo lo que más he amado viviendo en este país y sin embargo, lo pasé bien. Fue un ejercicio interesante (con buena comida y buen vino, por supuesto!) participar en una conversación inteligente,  civilizada, equilibrada incluso con ideas muy opuestas pero escuchadas y contestadas con respeto y sin querer imponer el criterio del otro pero intentando argumentar con inteligencia cada una de las ideas. (Pensaba, por qué no hará eso “la oposición”?) Él defendía una belleza que yo llamaba antiestética, de plástico, sintética a lo “Barbie”, con pinturas, maquillajes, lacas de uñas, lápiz de ojos… (que no es que me niegue a usar!) Abogaba por la belleza de la estética del bisturí, de las dietas drásticas y yo le recordaba (no sé si lo conocía) el primer párrafo de L’amant de Marguerite Duras. “…j’aimais moins votre visage de jeune femme que celui que vous avez maintenant, dévasté.” Cada vez que me sale una arruguita nueva, lo releo y me quedo tan ancha con esos rasgos de carácter que ostento. Lo que no quiero es tener cara de perro y eso sí lo tengo que cuidar. Cada día cuando me levanto me miro al espejo y me digo. “Si te encontrases a ti misma en la calle cómo te gustarías?”  Y así me coloco: los ojos brillantes, mostrando contento e interés por aquello que me inquieta, que me despierta. El rostro, sonriente, afable algo perverso para darle juego a esa vida y  estar siempre atenta a lo que pueda ser, y finalmente erguida, derecha, bien puesta, digna, nada de ñoñeces ni recriminaciones; fuerte ante toda incongruencia y ante todo clarividencia, que no me falte, aunque pueda doler! 

Hablamos de otras muchas cosas que hoy no las voy a plasmar, sólo decir que cuesta entender a esa gente, sus valores, sus defensas si no se ha vivido allí y aún así léase El planeta americano de Vicente Verdú quien contribuye a esa visón europea del decadente imperio pero no escucha, no sabe a mi juicio leer todas las versiones a pesar de haber vivido allí. Yo, no quiero ser así. Nunca entendí el blanco contrapuesto al negro sino esa infinita gama de grises, de mil colores distintos que me proporcionan vida y dolor a la vez.

 

18/09/06

…y Bravo V

Cada vez que Bravo entraba en casa con la excusa de consultar algo conmigo escuchaba  mi música. Según mi estado de ánimo ponía clásica, pop, blues, rock, jazz , new age…  Aquellos días, con su presencia me había enganchado a “Let’s Dance” de David Bowie, uno de mis favoritos durante mucho tiempo. Esa melodía  no me deja quieta ni un instante. Al ritmo de sus primeros compases me levanto, muevo progresivamente la cabeza, mis hombros, mi pecho, mis caderas, mis brazos, mis manos, mis dedos, mis piernas y mis pies. Todo mi cuerpo tiembla mientras, con los ojos cerrados, me dejo ir al compás. Este día Bravo entra y se queda quieto, de reojo le veo embobado, y con su sonrisa socarrona, medio maliciosa me dice con esa voz ronca que tiene: “Chiquilla, de dónde has sacado el ritmo?” y moviendo la cabeza añade, “Eres una sorpresa constante!” Intento animarle, le tiendo una mano para que también baile, le estiro mientras se resiste, se sienta y me dice… “Continúa, deja que te mire…”

Experimentar el placer de la contemplación, el sentirme deseada, con esa mirada quieta casi perversa y a la vez austera, con esos ojos verdes que se encienden como el fuego… tranquilo aparentemente, hasta que de golpe se levanta, detiene mi danza con sus fuertes brazos y antes de que la canción acabe, me desnuda lentamente, se desnuda, me levanta como si fuera una pluma, me abraza y con mis piernas en el aire, en un esfuerzo, las repliego y como una hiedra las enredo a sus caderas. Me afirmo a su vientre y le siento dentro, allí mismo, él de pié, yo en suspenso nos fundimos de nuevo en un gemido eterno.  

Cuantos momentos durante su estancia me devuelven el sentimiento de estar viva de estar sintiendo, percibiendo  los colores, sintiendo las esencias de los cuerpos, escuchando los fuertes latidos, la respiración suspendida, entrecortada tensa y finalmente relajada de simplemente estar, estar dentro. Ese, como otros instantes de mil fragmentos distintos, de mil momentos que ahora mismo soy incapaz de plasmar porque ya di a la historia su eternidad... Momentos, fragmentos, en Barcelona, entre manifestación y manifestación de una supuesta democracia establecida, contra la guerra, por la paz, contra injusticias concretas… en las montañas de mi querido Garraf, en tierra, en el mar, en su coche, en el mío,  en un hotel cerca del mar… por unas horas, por siempre jamás!

Creo que este instante que acabo de describir fue uno de los últimos, si no el último de esos momentos hasta que un día me di cuenta de que las obras habían terminado. No sufrí una despedida dramática, nefasta, angustiosa, traumática. De echo había conseguido lo que él se había propuesto, “levantarme el techo y la moral” yo estaba renaciendo, empezaba a ser otra mujer. Mi cuerpo y mi mente se estaban recuperando y desde esos días nunca más he podido pensar en las relaciones de pareja tal y como las concebía antes de mi fracaso matrimonial.

Al sentimiento de desprecio, de incredulidad, de impotencia, de sentirme miserable, triste, pequeña, invisible se sucedieron poco a poco y después de haber conocido a Bravo, días de merecida autoestima, de belleza interna y externa, de seguridad, de creciente fortaleza y voluntad. Supongo que, ante los ojos de hombres y mujeres no próximos siempre aparenté ser fuerte. Demasiado fuerte para los hombres que quieren que las mujeres sean el reposo del guerrero. Qué le voy a hacer! consciente que soy guerrera del reposo y con esto no todo el mundo está dispuesto a lidiar.

Detrás de mi caparazón, soy humana… nada más…

14/09/06

Labrando el alma

Tengo que encontrar placeres al futuro que se acerca. Tengo que cuidar esa sequía de palabras que me acecha aún con las lluvias que son por algunos bien recibidas, para otros que están también cerca, malditas. Tengo que cuidar el alma y dejarla fértil para los días venideros.

Con esa voluntad ando a través de ese parque que voy haciendo mío cada mañana y cada tarde mientras descubro un nuevo árbol, una nueva esquina, un rincón con plantas, una rosa caída, una piedra gris redonda, pulida con betas blancas en medio del camino fangoso y encharcado, hoy, por la lluvia.

El estanque me maravilla, los patos verde-azules, las ocas blancas y esa glorieta en esa esquina empinada en esa pequeña loma, encima del agua, propia de Romeo esperando a Julieta. Cuántos sueños puedo mimar mientras ando, cuando anhelos puedo cumplir mientras pienso!

Cuántos perfumes me inundan mientras camino despacio hacia el trabajo, de regreso; la tierra mojada, las rosas y los pinos, el galán de noche y hasta los patitos.

Labro despacio, mirando, saboreando, impregnándome y sintiendo. Cada día tengo una sensación nueva. No quiero que el trabajo me agobie, de momento lo estoy consiguiendo...

Labrando el alma… despacio.

11/09/06

Instantánea #5: September 11th

Eran las 8:20 de la mañana. Salía de casa para ir al trabajo, pero aquel día había dicho a la gente de la oficina que llegaría algo tarde. Quería ir a comprar un “boli” de diseño neoyorkino en Madison Street para mi amiga de LA y a “Century 21” justo delante de las Torres Gemelas a comprar algunos regalos para mi familia a quienes iba a visitar dentro en unos días.

Al abrir la puerta, me encontré con mi amiga que acababa de llegar de Los Ángeles. “Por qué no has tomado el metro?” le dije después de un beso “Desde el aeropuerto te trae hasta la esquinita de casa y además esta parada tiene ascensor” “Quería probar el Shuttle” me contestó. “Ya sabes que dentro de tres días me voy a Alemania y para irme tomaré un “shuttle” desde aquí.” Y volviendo a entrar en el apartamento le dije, “Pues mira, llegaré más tarde todavía, entra que prepararé un café.” Nos sentamos a tomar ese café que quizá me salvó la vida aquella fatídica mañana del 11 de septiembre en Nueva York. Hicimos planes, para la noche. Acababa de ser su cumpleaños y yo le había prometido una de mis magníficas “fideuàs”. Di instrucciones, a ella y a mi amigo, para la compra de ingredientes en el barrio (las gambas, los calamares y las vieiras) y me fui.

Tomé el metro de la línea A, a las 8:40 aproximadamente para dirigirme al World Trade Center donde se ubicaba esta tienda que tenía todos esos abalorios, suplementos y ropa de los famosos (Calvin Klein, Kenneth Cole, Ralph Lauren, Donna Karan NY…) que volvían locos a mi gente. En el metro todo parecía normal pero de golpe nos pararon y sin dar explicaciones nos pidieron que abandonáramos el tren y el recinto inmediatamente. La gente se preguntaba qué pasaba. Y alguien con unos auriculares nos dijo que acaba de chocar un avión contra una de las torres Gemelas.

Lo que pasó y que muchos visteis creyendo que era una película de ciencia ficción, no lo voy a contar. La versión oficial la habréis visto y oído cientos de veces pero mi historia, como la de otros millones de historias vividas en directo, de lo que nosotros vivíamos, parte de una película, o de un sueño, todavía no lo sé, es lo que quisiera transmitir. Esa conciencia extraña del momento, esa unicidad única, intransferible que cada uno de los que vivíamos en Nueva York sentimos el mismo día de los hechos y los días que les siguieron fueron para mí los más significativos y más duros, pero a la vez intensos de mi estancia en la ciudad. 

Soy consciente de que soy algo lenta de reflejos y para entender lo que vivo tengo que digerirlo, mascarlo, magullarlo, como he dicho otras veces y en situaciones así, no hay tiempo para digestiones, hay que actuar! Al salir a la calle del metro cerca de las Torres me encontré con la gente que subía en dirección opuesta donde yo quería ir, como un río, como una avalancha e inconscientemente, me giré y seguí la corriente hacia el norte, desistí de mis compras, lógicamente, aunque todavía me paré en la tienda de los lápices, plumas y bolígrafos para comprar ese bolígrafo rojo, precioso para mi amiga. Allí fue mi primer contacto humano hablado después de la tragedia y la dependienta muy nerviosa y preocupada me dijo que iba a cerrar, que la “cosa” se estaba poniendo muy fea.

Me fui a la oficina, cruzándome con gente por todas partes. Al llegar a la oficina en la Quinta Avenida me encontré con Tom, de mantenimiento de mi edificio, en la puerta de la entrada. Un chino encantador con quien siempre intercambiaba algunas palabras amables y divertidas cada mañana. Me cogió del brazo y me dijo “Look! Can you believe this?” Desde allí veíamos las torres humeantes y con nuestros mismos ojos vimos cómo se derrumbaba la primera torre. Mostré intención de entrar en la oficina y el me dijo que todos se habían marchado. Insistí porque había prometido mandar un artículo para una revista y él se me quedó mirando sorprendido y me dijo: “I’m going home. If you stay, it’s under your own responsibility!” Sé que soy muy cabezota y naturalmente bajo mi responsabilidad subí a la oficina. No podía comunicarme con mi “jefe”, como cariñosamente le llamaba, no estaban ni él ni la secretaria y el teléfono daba señal de comunicar constantemente. Tampoco podía comunicarme con los profesores que teníamos esparcidos por la ciudad. La escuelas se vaciaron ante las órdenes del alcalde. Las pocas  líneas que funcionaban, estaban saturadas y allí desde mi despacho, con las dos torres caídas veía esa gran humareda encima de donde habían estado como dos grandes champiñones negros al final de la avenida.

Allí, sentada, mirando por la ventana que daba al sur,  recuerdo cómo me entró esa impotencia, ese no saber que hacer, sin ser capaz de elaborar una de mis listas para ordenar las ideas pero empecé, en la última planta, sola en todo el edificio, a actuar. Todavía no me creo mi sangre fría. Internet no se había caído en esa zona, mandé el artículo y empecé a recibir correos desesperados de mi gente en casa. Mandé un correo colectivo diciendo que estaba bien aunque no sabía exactamente qué estaba ocurriendo. En un momento entró una llamada de teléfono, de mis primos, preocupadísimos y yo fría, con una calma increíble les dije que no pasaba nada, que todo volvería pronto a la normalidad. Mi calma era hacia fuera, y hasta yo misma me sorprendía; por dentro sentía una angustia tremenda y sin poder contactar a nadie de mis conocidos y amigos en la ciudad decidí emprender camino de vuelta hacía el norte. Subí a un autobús que estaba abarrotado. La gente histérica intentaba comunicar con sus familiares desde los móviles, organizaban encuentros, daban órdenes. El autobús no avanzaba. A cada cruce nos tenían parados en medio de histerias y silencios. Al cabo de un tiempo el conductor dijo que allí se quedaba. No habíamos llegado ni a la calle 50 y me dispuse a andar hasta la 207 y Broadway, en Inwood, en la puntita de Manhattan. Tardé tres horas en llegar a casa. Por el camino, nos íbamos juntando gente diversa y nos contábamos nuestra historia, única, histórica de aquel día que juntas hacían esos millones de historias que todavía, después de esos años, me tienen despierta y atenta.

Al llegar a casa y abrir la puerta mi amigo, se me echó encima abrazándome muy fuerte y sin soltarme durante un buen rato se puso a llorar como un niño. No sé si soy capaz de contaros la emoción del momento. Era todo tan excepcional, estaba tan perpleja, tan extrañamente cansada, aturdida que en aquel momento no me di cuenta de lo que ahora mismo siento al recordarlo. Esas historias cotidianas que no estaban detrás de ninguna maquinación, de ninguna trama, esos seres viviendo y transformando sus vidas al antojo de lo que ocurría es lo que más me revela. Y no sé si lo explico bien pero todavía me pregunto por qué tengo mis dudas de lo que me cuentan y quieren que crea. Todavía de vez en cuando intento entender lo que nadie me ha explicado con verdadera convicción y conocimiento, con esas pruebas contundentes. Desesperada, de vez en cuando busco en Red, miro y remiro Fahrenheit 9/11 , recuerdo las conversaciones que teníamos en casa de nuestros amigos los días que siguieron al 11 de septiembre. Nuestras relaciones, nuestros encuentros, nuestra amistad, nuestras confesiones, fueron, desde aquel día distintas. Más sinceras, mas honestas, más abiertas, más sangrantes, más contradictorias, más profundas pero a todos nosotros (españoles, americanos, palestinos, chinos, latinoamericanos, judíos, blancos y negros de buena fe…) nos movía la necesidad de entender, sin patriotismos falsos, sin exageraciones, sin comedias, lo que estaba pasando y aún hoy mis preguntas de aquel día están sin contestar.

Quizá algún día…

07/09/06

Las cajas

Y aquí están las cajas, bien precintadas, bien cerradas,  todavía con ese escrito a mano, con mi letra y puño, de un rotulador grueso que reza “no abrir hasta dentro de diez años”.

Casi no me lo creo. Ya han pasado esos años y todavía tengo pánico de esas cajas que empaqueté después de mi separación. Como si los recuerdos pudieran aparcarse, pudieran olvidarse, pudieran zanjarse, así en un “plis plas”.

Lo cierto es que no recuerdo para nada lo que hay dentro. Las miro y pienso “por qué no las quemo y me olvido, total, no me acuerdo”. Luego me calmo, me tranquilizo, saco  mi lado práctico y me digo “ya es hora, anda, chiquilla que ahora mismo, tú puedes! Y enfréntate de una vez por todas a tus fantasmas de esos tiempos!”

Pero, por cuál empiezo, cuál es la más sugerente, la que más interés despierta. Las hay de jabón “Elena”, alguna de vino del Penedés, por supuesto, otra de productos de perfumería. Qué opacas me parecen todas ellas. Ah! y una de huevos. “Manda huevos!” grito en solitario.   

Pero qué hago, las quemo, o las abro?

06/09/06

Bravo IV

…Todavía no sé qué sentía exactamente. El miedo al enamoramiento después del fracaso de mi único matrimonio me ha acompañado como una losa hasta hoy. Pero con Bravo era distinto, era especial. Me sentía libre, sin esa dependencia que crean los enamoramientos, sin ese dolor de pecho, sin celos, sin esas cadenas de pertenencia, sin angustias, ni tormentos; al contrario estaba recuperando mi alegría, estaba contenta  y no me sentía atada a él. Me sentía feliz. Empezamos a hablar de temas más cotidianos; de nuestras familias de nuestros “hobbies”, de nuestras inclinaciones políticas, de nuestras preocupaciones por la sociedad, por los jóvenes, de nuestras creencias religiosas o ausencia de las mismas…

Compartimos almuerzos, más que cenas y también algunos desayunos muy temprano por la mañana. Mis gustos burgueses le hacían reír y a un restaurante con mantel le seguía una tasca, un bar de tapas, un cuchitril, o un bar de bocatas... A cada encuentro me liberaba, cada conversación me enriquecía y absorta le escuchaba, le debatía. Tenía ideas estupendas… tan sólidas, tan convincentes; sensatas algunas, tan idealistas otras. Era un anarco-comunista-liberal-librepensador muy especial. Me maravillaba que un hombre sin estudios formales tuviera una mente tan lúcida y que razonara con la profundidad que lo hacía. La verdad es que Bravo, acabó con muchos de mis prejuicios con sus “No, mujer no, que esto no es así! Que te lo han vendido mal!” y me enseño a ver la parte genuina de las personas y de las cosas ¡sin más! Estar a su lado me proporcionó un descubrimiento tras otro y mientras charlaba, aclaraba mis ideas y me iba haciendo más y más fuerte. 

Un día hablando de nuestros lugares, de nuestros espacios nombré el Delta del Ebro. Para mi sorpresa, él nunca había estado allí. “¿Por qué no vamos? Deja que te lleve yo esta vez!” le dije. Tuvo que hacer mil piruetas y organizar a su gente un día entero sin olvidar detalle, soy consciente! Móvil en mano, nos fuimos. Y así fue, un día que no tenía clase por ser fiesta local en mi escuela, nos “fugamos” al Delta.

El paisaje del Delta es muy peculiar, cambia constantemente con las estaciones;  sus colores, sus sonidos, sus olores son distintos. En invierno el paisaje aparentemente desolado, triste, frío, está lleno de marrones y ocres, los pescados “xapados” tendidos al sol para secarlos hacen que el aire huela extraño pero con el frío el olor no es molesto, antes al contrario.  El barro, el lodo lo domina todo pero también tiene su encanto; y ese frío, penetrante por el viento que sopla casi constantemente, ese frío, te rejuvenece, te deja la piel tersa y fresca. En primavera se llenan los campos de arroz de agua, es la siembra y todo es azul, la brisa es agradable, y las temperaturas más suaves que en invierno se agradecen pero puede haber días de mucho calor.  Los canales, a rebosar, van llenando los campos despacio para no perder ni una gota vanamente. En verano, todo está verde, el arroz va creciendo y muestra sus espiguitas tiernas, ese verde brillante de las plantas recién crecidas. En otoño, es la cosecha. Las espigas muestran orgullosas su grano y los recolectores se disponen en las charcas recogiendo el delicioso manjar.

Cuando fuimos era primavera, la más sensual de las estaciones, en el Delta. Todo estaba limpio, aireado de los vientos del invierno. Las cabañas blancas, parecidas a las barracas valencianas, las casas de colores de los pequeños pueblos hicieron a Bravo exclamar “Niña, donde me has traído? Esto es África?” Yo me reía ante sus caras de admiración y sorpresa. Estuvimos recorriendo algunos lugares hasta que nos fuimos a una de las “Puntas” no recuerdo si era la “dels Alfacs” o la del “Fangar”. No había nadie, estábamos completamente solos. Era una sensación increíble, tanta naturaleza salvaje, tanta arena, tanta agua! Recuerdo que me llevé una gran tela india, multicolor. La tendimos sobre la arena dura, mojada muy cerca de la orilla, nos desnudamos completamente y fuimos rodando hacia el mar. Dentro, fuera, al compás de las mismas olas cuando se mezclan con la arena al llegar… con los ojos bien abiertos, mirando para empaparme de la belleza salvaje del lugar, de sus ojos verdes, del cielo azul intenso y de la mar. De golpe divisamos en el horizonte, la pareja de la guardia civil!  Mucho más rápida cogí la tela por una esquina y me enrollé con él dentro. Me abracé, cerré los ojos. Recordé otros tiempos más ingenuos algo más jóvenes cuando la aparición de la guardia civil era asunto de mal agüero. Y no pasó nada, sus dos bicicletas pasaron una por cada lado de donde estábamos, totalmente cubiertos por la tela, sin detenerse, ni montar cirio ninguno.

La mañana pasó tan deprisa. Habíamos salido tan temprano, mucho antes de que llegara su gente.  Me parecía haber vivido mil mundos distintos, poblados, desiertos; secos y húmedos; de colores y austeros; mágicos y reales; ¡cuántas sensaciones en tan poco tiempo!

A la hora de comer teníamos hambre! Para celebrar nuestro día tomamos una mariscada excelente en el restaurante Núria, al ladito del Ebro, frente a la isla de Buda, que encarecidamente recomiendo. (Repetí visita hace pocos días y comprobé su magnífico servicio y exquisitos platos todavía…!). Nos reímos como locos, jugamos como niños, observamos las aves, nos bañamos en el agua, corrimos entre los arrozales aquel día de azules diversos del Delta.

Por un momento, entre matorrales, entre los azules del río, de los campos, del mar y el cielo me pregunté que qué iba a pasar cuando las obras terminaran y sentí una congoja y una tristeza tremendas, inexplicables, le miré asustada y debió notarlo en mi cara… era la primera vez que me pasaba.

De vuelta a casa, con el sol en el rojo horizonte, yo conducía y estaba callada. Él, discretamente apoyaba su mano sobre mi muslo y lo acariciaba. De reojo notaba la fuerza de su mirada, sentía la fuerza de su mano y pensé “hasta cuándo?”

Paréntesis (hoy)

Mañana

Me preguntas que qué me pasa y te respondo amable, discreta que no me pasa nada pero que me siento triste, nostálgica, metida en este mundo onírico de mis entrañas. Quizá es que siento la distancia de tus actos o quizá su ausencia. Te alejas tanto y es que todo se desvanece tras esa calima blanca que ahora mismo contemplo desde mi estancia.

Mediodía-Tarde

Se funde el día con mil encargos, con mil deberes que ya no recuerdo o quizá no quiero. Realidad y sueños siempre se pelean como dos niños pequeños.

Noche

Me llamas y me cuentas y reclamas mis palabras mientras yo todavía muda sólo te escucho, atenta. Miro la película Far from Heaven, en inglés; Lejos del Cielo, en castellano, creo y veo parcelas chiquitas de mí misma en ella. ¡Cómo te marca caminos la vida!, la gente ajena, aunque tú no quieras… a pesar de la lucha, a pesar de la fuerza…

02/09/06

Bravo III

…y mientras me abraza no pienso, me abandono hasta tal punto que no me doy cuenta del arquitecto del ayuntamiento que había hecho el mismo salto que él, por la terraza! Cualquier ser humano  puede despacharse a gusto imaginando y riéndose. Menudo chasco! Me coloqué rápidamente la gabardina encima y la crucé, aguantándola con las manos, descalza lo fui a recibir; me miró las piernas de invierno, blancas, escuálidas por los kilos que había perdido, mis pies desnudos. No recuerdo para nada el “informe” pero sí tengo presente el agobio que pasé. Salió Bravo, ya vestido e hizo algunas preguntas técnicas y anotó números en su pequeño bloc. El arquitecto tocaba paredes, miraba lo que quedaba del techo, analizaba vigas mientras daba sus explicaciones. Bravo sonrió, me guiñó un ojo y me dio a entender que todo iba bien.

Había perdido 14 kilos desde mi separación y aunque siempre fui robusta, mediterránea tipo escultura de Aristide Malliol,  nunca fui una mujer gorda pero sí fuerte. Ahora daba pena, tenía ojeras y mi cara demacrada era un verdadero cromo. Me sentía frágil pero aquella noche recuerdo la cena con mis hijas, esa tortilla de alcachofas que me supo a gloria. Me pareció un delicioso manjar y empecé a disfrutar de la comida otra vez. Noté como la chispa de mis ojos empezaba a brillar y también la de mi inteligencia, la de mi razón y la de mi creatividad. Empecé a sonreír más, a hablar más, a querer más cine y a sufrir un poquito menos por mis hijas, que las tenía amargadas con tanto control y protección.

Hubo otros mil encuentros con Bravo, cada uno distinto, extraordinario, a cuál más imaginativo. Puedo rememorarlos todos y cada uno de ellos, todos, de verdad todos, son dignos de mención. Era un provocador encantador y siempre conseguía cambiar mis planes para hacerse con la suya.

Recuerdo un mediodía, la casa tranquila, sus albañiles comiendo en algún lugar cerca de la playa. Yo, sola en casa y aparece como un duende silencioso, sonriente y con renovada determinación le digo: “Ven aquí, que te cuento. Ya sé que trabajáis en la casa de al lado pero, ves ese cuarto, esa estancia… la quiero distinta. Donde hay una ventana, una puerta, en los arcos de fuera pondremos cristales y el acceso cambiará totalmente la luz natural de la habitación. Necesito, y sé que tú me entiendes, que no me recuerde al pasado.”  Otra vez sin darme cuenta me encontré en sus brazos arrebatada, totalmente ida, con su ternura, con su exquisitez en sus gestos y en sus caricias, pero siempre me conseguía con aproximaciones distintas. Recuerdo haberle preguntado donde había aprendido tantas cosas y tan bien. Me contestó que antes era un bruto y que aprendió en Cuba donde una mulata lo transformó. “Anda con la mulata!” pensé yo. Le pregunté que qué se le había perdido en Cuba “Niña, que soy comunista, no ves cómo organizo a mi gente? Somos una cooperativa. Allí lo aprendí también”. Hablábamos bajito, aunque no había nadie, de su productiva visita a Cuba y otros mil temas y luego subí a por mis cosas, al bajar lo encuentro husmeando entre mis libros. Tenía en sus manos “Estudios sobre el amor” de Ortega y Gasset y me dice: “Me lo prestas”, “Por supuesto”, le contesté con una sonrisa y un beso. Me fui al Instituto y por la noche cuando llegué a casa me encontré un gran boquete en la pared donde estaba la ventana de mi habitación y el marco con los cristales de la ventana descolocada, apoyada en la pared contigua. No daba crédito a lo que tenía delante. Qué fuerte! Qué impresión! Leí en sus actos la rabia que habían generado mis sentimientos y lo imaginé picando con violencia hasta dejar mi habitación a merced de la luna y las estrellas.

Aquella noche de febrero o marzo, todavía fría, tuve que abrigarme bien para no quedarme helada en esa habitación tan desprovista, tan aireada…! pero me dormí, fresca y sonriente pensando en lo que me había dicho aquella tarde mientras me acariciaba las mejillas cuando me fui: “Niña, no te vayas a enamorar de mi!”

Paréntesis (La rosa blanca)

Y todo por una rosa blanca...  te sale del alma y me preguntas de dónde ha salido la rosa cuando nunca hablas, cuando nunca cuestionas y además parece que nunca te inmutas, por nada… y en un arrebato hasta los celos te salen… extraños, discretos pero en el fondo no son más que celos!

Por una rosa blanca de delicada fragancia, erguida, bien puesta, y una hoja de lirio con una tela fina que la envuelve, y una etiqueta, en ese jarrón de cristal que aprecio tanto, de líneas tan simples, tan transparente, tan limpio.

Y no te preguntas si existe el lenguaje de los colores? El blanco es puro, es inocente, es delicado, es ingenuo…

Otra vez, antes de preguntar, antes de mostrar tu lado oscuro, piensa.

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