30/08/06

Instantanea#4: The View

Descubrí The View de la mano de un amigo asturiano y su mujer; una maravillosa, lista, guapa y un largo etcétera… mexicana. Buen  chaval mi amigo, algo pesado a veces pero cuando no habla de burocracia ni de funcionariado es un verdadero encanto y tan humano! Había ido a Nueva York desde Washington a dar un curso y cargué con mi hija pequeña pensando en llevarla a algún espectáculo de Broadway a su medida. Encontramos entradas para La Bella y la Bestia. Mi “peque” estaba fascinada y al salir del teatro lo quería todo; el peluche de la bestia, la camiseta, la muñeca de la bella… Reconozco que  mi reacción ante el consumismo descontrolado es nefasta, me niego rotundamente a jugar el juego y me cierro en banda y además hasta me pongo “borde”. Podéis imaginaros la tremenda rabieta. La encantadora pareja sugirieron ir a tomar algo a The View para calmar los ánimos de tal concierto y eso hicimos.

En pleno corazón de la ciudad, en Times Square se encuentra un hotel, a mi juicio, con poco encanto, muy americano; el Marriot Marquis. No tiene demasiada altura, solo 49 pisos y su bar de cócteles y buffet abierto está en el piso 48. El bar está dispuesto en un gran círculo que rodea el edificio y además, para el alucine de los visitantes, es giratorio! Es decir que mientras tomas tu copa, toda la ciudad y sus alrededores se van moviendo a tus pies. Algunos edificios los ves muy cerca, otros rascacielos más memorables están algo lejanos, El río Hudson se ve ahí, al ladito, debajo. Yo estaba alucinada, ya no os digo mi hija a quien le pasaron todos lo males. Esa fue mi primera visita a The View cuando todavía estaba en Washington. Cuando me trasladé a Nueva York era uno de los lugares donde solía llevar a mis huéspedes, amigos, familia, conocidos que me visitaban. Cada indagación ha sido distinta pero recuerdo una noche mágica, con Richard, un amigo, que estuvimos frente a una sola copa tres horas, charlando, mirando los edificios, los rascacielos como se desplazaban constantemente, despacio, como en un sueño o un vals lento. Vivir hacia fuera, eso es lo que sientes, y ese es el instante, observante, esponjoso, impaciente pero a la vez distante como si estuvieras flotando, sin perder de vista a las miles de ventanas iluminadas, algunas cercanas, vacías de humanos, otras activas con gente todavía trabajando avanzada la noche, otros cenando, tomando sus copas, otros reunidos, austeros frente a papeles y libros… y pensaba, cuantas ideas vuelan en el aire, cuántas vidas con matices distintos.

Qué potente que es esta ciudad! Y es que es inevitable que sientas esa fuerza desmesurada; tantas personas que te rodean, tan poco espacio, esa fuerza creativa del bien y del mal hace mella... Y se hace manifiesta en las grandes y pequeñas cosas, en el metro, los artistas, los “performers”, en las calles, en los bares y en los museos, en las oficinas, en los teatros y los comercios pero esas historias deberán “ser contadas en otra ocasión”!

27/08/06

Otro paréntesis...

Necesito otro paréntesis para preparar mi mente, después de la fiesta y entrando ya en esa época que los libros y las libretas se revuelven para dar formas distintas a las ideas. Las clases están cerca y no me siento presta a las aulas. Sé que cuando los tenga delante, a mis alumnos me refiero, me enamoraré de todos ellos, como hago siempre, encontrando gracias incluso a los que dicen que no las tienen. Pero no estoy entregada, me siento aturdida, quizá porque el verano no ha sido del todo tranquilo, temporales y tormentas acosaron mi mente y esa producción intensa, ese “parir” textos para esos libros me ha dejado exhausta para la docencia.

Sólo sé que necesito más tiempo y no sé si lo tengo… y más charlas, y más cenas en compañía… (eso sí tiene arreglo). También espero con impaciencia que ese paseo junto al mar quede menos transitado, más mío y los azules cambien constantemente como hacen ahora que se acerca septiembre y los vea y los viva desde la veranda.

Todo llegará, lo sé, sólo que a veces… me impaciento.

25/08/06

La Fiesta

Todo el pueblo huele a pólvora, se escucha música; las bandas de Carlet y El Prat, las “grallas”, las “dolçaines”, las tenoras, tambores y hasta gaitas. La gente se desborda, bebe, demasiado para mi gusto, pero todos tienen un aire divertido, amistoso, más alegre que de costumbre. Y te encuentras con gente de siempre, que viven en el pueblo otros que  van y vuelven, como yo misma y todavía me preguntan “Estás aquí unos días?” y yo les digo una y otra vez, “pero si ya he vuelto!, no ves?”.

Las fiestas son cortas, pero intensas. Las auténticas, las de siempre y donde se concentran los actos mas solemnes duran 36 horas seguidas. Empiezan siempre el día 23 de agosto a las 12 del mediodía con la emotiva entrada de “grallers”. La gralla es un instrumento de viento muy antiguo, estridente y agudo. En este momento, los varios grupos van llegando al centro neurálgico de la villa y a todos los presentes nos pone los pelos de punta y nos deja un indescriptible nudo en la garganta. Cada grupo, a su llegada, sube a una pequeña peana y tocan algunas piezas. Siempre hay alguna melodía nueva, desconocida que llega casi siempre perfecta de la mano de los grupos de “l’Escola de Grallers de Sitges”. Cómo nos arrebatan esta gente, cómo consiguen trasladarnos a otros tiempos, haciendo rememorar momentos que perviven eternos en la memoria.

Seguidamente tocan en la plaza dos sardanas “La Processó de Sant Bartomeu y La Festa Major” que religiosamente todos, grandes y pequeños bailan a pleno sol, con mucha alegría y energía. Es el principio de la fiesta. Las danzas entran una tras otra hasta llenar la plaza de círculos concéntricos para dar cabida a todos los presentes. En medio de la danza llegan las tres parejas de gigantes majestuosos, espectaculares; los reyes cristianos, los moros y los americanos indianos… las gigantas con su ramo de flores, los gigantes con su espada o su cetro, excepto el cubanito que para honrar a su nombre, lleva un buen puro en la mano. Les siguen los cabezudos, muchos nuevos este año incluyendo a Rusiñol. Desfilan todos los bailes, “Els Bastons”, cruzando sus palos y picando con fuerza. “Els Pastorets, les cintes, les Gitanes y al final de los bailes, la estrella, “la Moxiganga” un baile medieval de tiempos mozárabes del que todavía se conservan todos sus pasos. Llegan, para redondear, los diablos y los dragones echando fuego por doquier. Aquí muchos se esconden, entran deprisa por las bocacalles y los extranjeros están alucinados de ver tanto atrevimiento, tanta osadía, tanto ruido siempre fascinados por la luz y el color.

Llegamos a casa a las cuatro de la tarde, picoteamos algo y nos echamos una siesta porque habrá que aguantar toda la noche para poder disfrutar de los espectáculos más hermosos. El castillo de fuegos a partir de las 11 de la noche, que es siempre extraordinario. Despliegan mil formas y colores en la iglesia, “La Punta”, como aquí la llamamos y salen cohetes desde el mar que se elevan desmesurados por todo lo alto y caen en lluvia de estrellas rojas, verdes, amarillas, o en polvo de oro, brillante, increíble, mágico, de verdad!

Cuando se acaban los fuegos abren toda la zona y los gigantes, cabezudos, dragones, diablos y bailes empiezan a descender las escalinatas que, desde la iglesia, bajan al lado del mar. Ese perfil luminoso de esperpénticos personajes a contraluz, en medio del fuego, deslizándose por las escaleras no se puede olvidar. Siguen este tercer itinerario, por el paseo junto al mar y cuando ya se retiran, el bailongo, al aire libre, que cada año está a rebosar. Llegamos a casa, antes de que finalice, a las tres de la madrugada y a las seis de la mañana si no estamos despiertos, suenan otra vez los petardos, las músicas y los bailes recorren las calles céntricas y despiertan a todo el pueblo, cerrando la comitiva los carros de caballos que distribuyen flores a las mujeres de la villa. El pueblo huele a nardos, la flor más preciada, adornan otras especies; claveles, gladiolos, dalias… y todas la mujeres (y quizá algunos hombres!) llegamos a casa con el ramo a preparar el chocolate a la taza con las pastas.   

El desayuno es otro ritual; rodeados de flores que adornan, que embriagan mientras golosos hundimos las pastas en las tazas apurando el delicioso néctar hasta el final. Hay algunos minutos de reposo y ya nos preparamos para ir a oficio. Lo más importante no es la misa sino la salida con otro repertorio espectacular. Ahora frente a la “Casa de la Vila”, o Ayuntamiento con su balcón a rebosar pero lo fuerte está abajo, entre el pueblo, entre miles de gentes que se amontonan en la plaza para ver los gigantes, los bailes, las torres humanas o “xiquets” y por supuesto la constante música de los fuegos que todavía no cesa, ni cesará. Los más prácticos encargan la comida en un restaurante. Los nostálgicos que no nos importa cocinar preparamos cosas fáciles o que se puedan preparar el día anterior y al llegar a casa el día de la gran fiesta desplegamos los manteles de las abuelas, platos y copas de las vitrinas y cubiertos de la caja que sacamos, por lo menos, una, dos o tres veces al año! Por la tarde, las casas del centro se llenan; amigos, familias, conocidos esperan desde los balcones o  en la calle el último recorrido del desfile hasta terminar y ahora viene a mi juicio el más hermoso estallido final. Al terminar la procesión hay que encerrar al Santo, San Bartolomé. Antes de recluirle en la iglesia hasta el año siguiente otra vez los fuegos hacen alarde de su esplendor, las danzas, las músicas se entremezclan, todo es una algarabía contradictoriamente ordenada. En la plaza de la iglesia, todas las músicas, los bailes y cohetes se despliegan a la vez, hasta cerrar. Es un momento corto pero intenso donde quieres estar debajo del fuego, con la camiseta que durante estos dos días ha ido acumulando agujeros de las chispas del fuego.

Minutos después, y en otra plaza donde vamos corriendo, toca encerrar al Dragón marino “El Drac” que echa fuego por los colmillos y por la cola junto al Águila, otro monstruo similar. La gente grita “Foc a la bèstia!” Este enfrentamiento entre los seres del bien y del mal se debate con los gigantes a quienes también tenemos que encerrar. Estas tres parejas bailarán lo que llaman el “pique” a ver quien puede acercarse más al otro, en tono de desafío o coqueteo mientras miramos quién se atreve a  rodar sin parar. Esas criaturas despliegan su capas, sus túnicas al aire con las vueltas centrífugas que les dan. El tono sube, la gente aplaude, brinca, baila con los gigantes y poco a poco se va desvaneciendo la magia, se encierran los grandes, los medianos, los pequeños y tristes los despedimos gritando… Se relajan los ánimos. Todavía con la sonrisa en los labios, con ojeras, desgarbados, sucios, quemados y sudados desfilamos a nuestras casas. Son las doce de la noche. Hora mágica. La fiesta, se acabó!

 

Me pregunto cuando vivo estas fiestas porqué me enganchan tanto cuando soy tan capaz de adaptarme a nuevas tierras, a nuevos acentos, a nuevas pulsiones. Sin embargo, será que siento ese gusanillo ancestro, o uno de ellos que se despierta cuando lo veo, cuando lo huelo, cuando lo vivo, cuando me quemo… y no lo puedo evitar, a pesar de sentirme fuerte, de sentirme mía, de sentirme "yo". Hay algo más fuerte… más fuerte que yo.

24/08/06

Paréntesis

Llegas a casa en medio de mis pensamientos, con tus silencios, con tu ternura y esta vez, me atrevería a decir con una pasión casi desconocida estos últimos días.

Cenamos en la terraza, también están de fiesta los vecinos, todos celebran los días, los fuegos, los bailes y los conciertos y nosotros tomamos nuestro cava (catalán, por supuesto!), serenos pero también contentos. La cena, sencilla, nos pone a tono… charlamos, filosofamos y como siempre me miras y me questionas con la mirada, incrédulo pero sonriente.  

Bajamos y en medio de otros desiertos encuentro tu cuerpo, encuentro tu alma y me abandono, como en otros tiempos. Murmullos, suspiros, encuentros húmedos y placeres sostenidos…

Si sólo supieras cómo te quiero…

23/08/06

Bravo II

… y empezaron las obras. Recuerdo perfectamente aquella mañana cuando, todavía en la cama, escuchaba el repiqueteo de la escarpa y el martillo. Era como un latido, como si todo a mi alrededor cobrara vida, despacio, insistentemente. Y yo, allí estaba, con mi oreja pegada a la pared del piso de al lado. Me levanté presta, fui a la terraza y observé algunos albañiles atareados en distintas faenas. Me fui a las mías y a media mañana, en medio de una clase, me llaman con urgencia. No podía dar crédito a mis oídos. ¡El techo de la casa se había derrumbado! Pregunté si hubo desgracias, “ninguna”, me dice Bravo al otro lado de la línea. Respiro aunque en aquel momento sentí un chorro de lágrimas que inundaba mi cara. Quedé muda, mientras escuchaba su última palabra: “Ven”. Cuando conducía por la carretera, me imagino que con supuesta cara de angustia, pensaba: “¿Cuándo va a acabar la mala racha?, primero el tipo se larga, luego el accidente, que por poco no lo explico, ahora el techo. No sé si voy a poder con todo.” Llegué a casa y contemplé el espectáculo. Era espeluznante ver unas vigas débiles con los depósitos de agua encima, medio en equilibrio y el cielo azul intenso de mi pueblo a la vista, desde la pequeña estancia de la parte de arriba. Continuaba muda todavía con ese nudo en la garganta que no lograba deshacer. Fui a casa, pensando en cómo decírselo a mis hijas que todavía estaban en el colegio, y allí, sentada, con un café en la mano empecé a escribir aquellas cosas pendientes que tenía que hacer: Reunir a los vecinos, llamar al arquitecto del ayuntamiento, renovar presupuesto, pedir un préstamo … y en estas que salta Bravo desde la otra casa, se acerca primero sin decir nada, me levanta de la silla, me abraza mientras me dice: “No te preocupes! Yo a ti, te levanto el techo y la moral!”

 

Esta vez ya no son sus ojos, están cerrados, como los míos. Es ese cuerpo robusto que me aprieta con fuerza, ese olor que desprenden sus poros que me ruboriza, me inquieta, y sin embargo me dejo, porque en mi carne siento, después de tanto tiempo, otra vez, que estoy viva. 

 

18/08/06

Fantasía #4. Bravo I

Había pasado bastante tiempo después de mi separación. Todavía hundida pensaba que tenía que hacer lo imposible por levantar cabeza, que no podía estar sumida en ese desespero, en esa obsesión y por supuesto debía dejar de pensar que él, algún día, iba a volver.

Mis hijas, en edades tempranas, reclamaban mi atención y tenía que hacer esfuerzos inconmensurables para atenderlas como requería la situación;  ellas tan desconcertadas como yo y entendiendo menos todavía lo que estaba pasando eran el único motor de mis pocos funcionamientos.  

En esta resolución decidí pasar a la acción y ocuparme de la maltrecha hacienda para sacar algún dinerillo cada mes que me permitiera cubrir los gastos que teníamos. Mi primo, el arquitecto, me mando un “paleta” como le llamaba él, pero en realidad se llamaba Bravo.

Apareció por mi casa un sábado por la tarde para ir a revisar estas abandonadas paredes y después de la visita le digo mezclando mis palabras con un suspiro: “Tendrás que decirme cuanto me va a costar eso, a ver cómo me organizo”. En aquel momento, con una calma desconcertante, puso su mano sobre mi brazo, le miré y me di cuenta que tenía unos ojos preciosos. Me dijo: “No te preocupes mujer, que tienes futuro en los ojos.”  Todavía bajo el impacto de esa mirada verde, atónita, casi ida, alucinaba mientras un suave cosquilleo recorría todo mi cuerpo y pensé “¿será cierto, que todavía estoy viva?”  

 

14/08/06

Instantánea #3: El Chrysler al alcance de la mano

Había estado estudiando durante  un curso escolar en la Universidad de Washington, en Seattle, en la costa oeste, donde no estaba permitido beber alcohol hasta los 21. No era así, en aquel entonces en el estado de Nueva York donde la permisión se daba a partir de los 18. De regreso a casa paré por una semana en Nueva York donde me quedé unos días en casa de mi amiga, Libby. Era fascinante descubrir una ciudad que sólo había visto en el cine, en mis fantasías, en los sueños… pero era igual! La gente, ya entonces me pareció amable, cortés, atenta, curiosa, increíblemente simpática…y tan guapa!!!! Ahí fue, hace ya tantos años,  cuando supe que dejar los Estados Unidos era una cosa y entrar en la ciudad de Nueva York algo totalmente distinto.

Pasaba el día descubriendo rincones, mirando y paseando y por la tarde cuando acaba el trabajo Libby en el Rockefeller Center la iba a buscar. Una de esas tardes después del trabajo fuimos al rascacielos del la Pan Am. La compañía aérea que me había llevado por todo el país. Un edificio, menos elegante que otros, menos esbelto, pero sólido como tantos otros, majestuoso se levantaba en medio de Park Avenue. Allí en el piso 78 y con la mirada al norte de Manhattan buscamos un rincón para tomar mi primer “cocktail” de aquel año. Con mis 19 años recién cumplidos, con mi melena, con cara de niña curiosa y mi ropa de niña “pija” española me pidieron un “ID”, mi pasaporte, en definitiva. Quedaron tan sorprendidos de ver que efectivamente tenía la edad para abandonarme a los placeres etílicos que cuando terminamos el primer cocktail, la casa nos invitó a un segundo. Pedí un “Manhattan”, por supuesto con güisqui, vermouth dulce y seco y angostura. Qué bien me sentó, todavía lo recuerdo! Con dos cócteles a mis espaldas después de un año de abstinencia los efectos fueron sublimes y creí, desde contada altura volar entre los más peculiares rascacielos de la ciudad neoyorquina.

Cuando regresé a Nueva York, y después de algunos años de la primera experiencia quise volver al edificio de la Pan Am, que ya no era Pan Am, sino Met Life, una casa de seguros. Lo único que permanecía intacto, regio, sólido era el rascacielos que no había cambiado para nada. Volví un día que vino a verme mi amiga de LA y rápida y rauda le dije al portero, voy al bar de la 78 y él, sin comprobar nada, me dejó pasar con una sonrisa estupenda. Así es como se entra en los sitios de diseño en la ciudad. Hay que mostrar seguridad y domino. Al llegar a la planta 78 cual fue mi sorpresa al ver que el susodicho bar era un club privado, con expreso aviso en la puerta que leía: “No socios, abstenerse de llamar.” Mi gozo en un pozo y todavía pensando en la estrategia a utilizar para poder entrar que sale una moza de la puerta de al lado y viéndonos tan perplejas nos preguntó qué pasaba. Le conté la historia de mi pasado y me dijo. “Eso tiene fácil remedio. Entrad en la oficina y podréis comprobar la magia del lugar.” No pudimos tomar el Manhattatan como era mi intención pero la vista, esa asombrosa visión, jamás la podré olvidar. No daba a la cara norte, sino a la cara sur. El Chrysler, mi rascacielos favorito estaba justo a tocar. No daba crédito a mis ojos, solo faltaba salir… y volar, dar la vuelta por el mágico rascacielos, la diosa de los edificios de Nueva York, como lo contemplé desde la casa que estuve a la espera de que me dieran mi piso en la ciudad que nunca duerme. Llegamos a casa aquella noche poseídas por un encanto, una magia especial y es que aunque sé que estas anécdotas no ocurren todos los días todo es posible en Nueva York! Llegamos a casa envueltas de un sueño, esas magias, esos recuerdos, cercanos todavía pero que cuando los pienso, me entra esa nostalgia indescriptible, única y a lo lejos escucho esa música tan especial que suena todavía en mis oídos con el saxo de Lou Marini, en vivo, en esa maravillosa despedida de mi estancia en la gran manzana…

11/08/06

Tonteando con palabras

Cuando uno tantea o quizá tontea con las palabras a veces planea, otras empieza con un pensamiento y acaba con otro. Así me sucede a mí muchas veces que empiezo pensando en algo concreto y acabo escribiendo otra cosa totalmente distinta a mi inicial intento.

Me imagino que cada escritor es un mundo diferente, unos planean, investigan, son rigurosos con su trabajo. Escriben a diario para no perder soltura, para ganar palabras y quizá aprovechan pocas de las que escriben pero, las que aprovechan, no tienen desperdicio. Así me maravillaba, cuando leía a Nathaniel Hawthorne que, decía mi profesora, escribía disciplinadamente cada mañana temprano para no perder ni hábito en la expresión, ni soltura con las palabras. Me admiraba Herman Melville por la misma razón y Joseph Conrad por ser capaz de escribir con esa perfección en una lengua que no era la suya tal y cual intentaba yo cuando tenía que hacer mis pinitos en inglés aunque nunca lograra ni tan siquiera estar a la sombra de su nivel. Cuando leía a George Eliot, sabiendo que su nombre escondía a una mujer me preguntaba, aún a sabiendas de las dificultades por escribir que tenía la gente de su sexo, por qué no dejó clara su condición de mujer, como mi querida Virginia Woolf, qua aunque nació algo más tarde pero todavía con dificultades hizo de su pequeño entorno un paraíso aunque viviera a veces en un infierno pero dejando claro quien era y construyendo esa manera tan especial de escribir y de entender la vida, su vida. También contrasto en mi pensamiento a Ignacio Aldecoa, un gran escritor dicen, pero que a mi me cansa leer, no es así con Josefina Aldecoa, su mujer, que me engancha desde su primera palabra con esa sutil forma, auténticamente de mujer, de comunicar, de sentir. Qué horas tan agradables he pasado con sus libros! Y cómo releo con gusto fragmentos de sus novelas y sus entrevistas, siempre que las encuentro. Cuán cerca de mi propia experiencia la siento por su amor a la docencia y porque cuando la leo entiendo sus historias como si fueran mías aunque yo no pueda expresar mi pensamiento con esa exquisitez.

Podría continuar la lista de nombres, de aproximaciones a la escritura y seguro que me podríais ayudar. Tampoco se trata de eso! Mi idea es simplemente intentar plasmar las distintas formas de organizar el pensamiento, con un cansancio supino encima, con los ojos pequeños de tanta lectura y por tanto con tanta imprecisión como mi condición me obliga. Mentes organizadas, inseguras, rigurosas, alocadas, dispersas, eruditas, curiosas, enamoradas, intrigadas, desenfadadas, divertidas, bohemias, observadoras, imprevisibles... Todas ellas, mentes maravillosas...

 

08/08/06

Instantánea #2. El vals

Habíamos terminado el curso y estábamos todos satisfechos y relajados después del esfuerzo. Llegó la cena de despedida, las canciones y por supuesto entre ellas “Asturias, patria querida”, aunque ésta no era su tierra sino otra tan opuesta a la mía en su geografía pero que tanto quiero, por mis amigos, por sus costas suaves y bravías, por sus rías, por su comida y sus buenos vinos. Aquella noche, los vinos de las variedades godello y mencía y el calorcito de principios del verano nos tenían alegres. Yo estaba retraída, observadora como casi siempre cuando acabo mis cursos. Veía entre los alumnos, muchos mayores que yo, uno que cantaba con una fuerza especial. Su sonrisa socarrona y su vitalidad me cautivaron y a cierta distancia y con mucha discreción, le observé desde el rabillo del ojo. La cena se desarrolló cada vez más animada.

Llegó una orquesta del lugar, se oía la algarabía fuera del restaurante y algunos, poco a poco, se fueron a la plaza a bailar. Me encanta bailar pero no me sentía yo muy dispuesta a socializar. El día había sido largo y me dispuse a marcharme dirigiéndome al coche para regresar al hotel y justo al salir, desde dentro los muros de la plaza mayor o quizá del pueblo, si mal no recuerdo, se oía un vals (creo que desde que vi bailar el vals a mis padres de niña una vez, que se convirtió en mi baile favorito, junto al rock) me giré y me topé inesperadamente con el cantor de mirada socarrona y me salió del alma: “jo! un vals” y permanecí mirándole. Supongo que leyó en mis ojos el deseo y me dijo: “Bailamos?”. Allí, extramuros y en medio de los frutales bajo la luz de la luna, con la música lejana pero perfectamente perceptible bailamos un vals que jamás podré olvidar. Al terminar le dije: “Gracias, un placer!” “El placer es mío”, me contestó y algunas palabras más en medio de su desconcierto y de mi emoción, que no me atrevo a plasmar...  pero que me sentaron muy, pero que muy bien!

 

Ahora mismo me pregunto cómo andarán esos frutales, en medio de ese horror de fuego que acecha esas tierras.

04/08/06

Instantánea #1: “You’re so beautiful...”

La mañanas de primavera tienen fuerza en Nueva York, como en muchas otras ciudades de estas magnitudes, me imagino, pero en ésta especialmente cuando las nieves de invierno, primero limpias, luego grises han desaparecido ya y los árboles en Central Park empiezan a preñarse de capullos, de hojas tiernas, y mas tarde de tallos floridos. La ciudad que nunca duerme renace a otros olores más limpios, revive como cada año y su gente despierta en este tiempo sentimientos acordes a estos cambios. Hoy, que acaba de llover al fin!, aquí, cerca del Mediterráneo, y con olor a tierra mojada, revivo en mis sentidos olores y sensaciones y una historia de mis avatares cotidianos en la gran manzana.

Andaba temprano por las calles de Nueva York hacia la oficina, decidida, sonriente como solía hacerlo cada mañana. Llena siempre de colores, de músicas callejeras, de  representaciones y espectáculos que amenizaban todos mis pasos desde el metro, cerca de mi casa, hasta llegar a la Quinta avenida pasando por la 34.

Dispuesta a cruzar el semáforo observé un señor con pinta muy neoyorkina (bien vestido, de oscuro… pantalón y camisa, chaqueta con cuello Mao… ), al otro lado de la 34 que me miraba y me sonreía. Pensé “le habré visto antes o quizá me cruzo con él algunas veces… ” y por cortesía le devolví la sonrisa. A medio cruzar la calle, con un tráfico de mil diablos, se para y me dice “you’re so beautiful”…me quedé atónita mientras proseguía mi cruce en dirección opuesta y el hombre a grito pelado insistió: “are you married, or engaged?”. No daba crédito a mis oídos ni a las miradas sonrientes de los transeúntes. Me sonrojé y seguí caminando más turbada que el resto de la gente que parecía disfrutar del espectáculo.

Llegué a la oficina absolutamente azorada por el barullo que el señor había organizado a mi costa pero todavía con esa sonrisa interior y esa voz que me decía que todo es posible en Nueva York, y yo, como tantas otras veces, con miles y distintos instantes, lo había experimentado.

PS: Nada tiene que ver con la canción de Blunt. Ocurrió poco antes de que la creara  pero cada vez que escucho la canción, recuerdo al neoyorkino, totalmente “pirado”, sus gestos, sus manos alzadas, sus ojos tan sorprendentemente abiertos a esa hora de la mañana, y sus palabras.

 

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